HERNÁN LAGOS ZÚÑIGA

 

 

 

 

 

 

 

 

Bajo el brillo del corvo y El sonar del clarín,

 

La Batalla de Arica.

 

 

 

 

 

PRIMERA EDICIÓN

 

 

2002


Si buscas tus raíces, peregrino,

ven al solar de nuestra raza, hermano;

tuya es la luz del genio castellano

 y es común e inmortal nuestro destino.

 

Pan de flor, áurea miel y añejo vino

te brinda nuestro hogar, americano;

 sangre azul, rubio sol, hogar cristiano

y áticas gracias y vigor latino.

 

Ricardo León

 

(A los bravos de Arica)

 

 


Introducción

 

El presente libro, pretende ser un homenaje  para aquellos miles de ciudadanos de las repúblicas de Chile, Perú y Bolivia que entre los años de 1879 y 1894 ofrendaron sus esfuerzos, sus energías y muchos sus vidas, en pos de un ideal, el que estaba  representado en sus corazones por el amor a sus respectivas patrias. Patrias hermanas, nacidas del mismo tronco hispanoamericano, pero que sin embargo antes de cumplir un siglo de vida como naciones independientes se vieron enfrentadas como enemigas y en más de una ocasión. La guerra del Pacífico o del Nitrato como también se le llamó, fue una guerra que marcaría fuertemente a las sociedades de los países beligerantes, condicionando fuertemente la convivencia entre ellas durante todo el siglo XX.

La guerra del Pacífico para Chile le significó tomar conciencia plena de su destino histórico por un proceso de ferviente unanimidad nacional, fenómeno que no se había producido en tal medida en los acontecimientos históricos anteriores, como la guerra por la independencia o la guerra contra la Confederación Perú Boliviana el año 1839. La guerra del Pacífico fue popular y estimuló por igual a todas las clases sociales, y a las distintas regiones del país, este fenómeno sociológico viene a dar razón del porque el soldado chileno acepto las dificilísimas condiciones geográficas y de recursos con que tuvo que soportar los largos casi 5 años de guerra, soportó con orgulloso estoicismo las marchas por  los incandescentes desiertos hasta las gélidas alturas de la sierra peruana, desde el agobiante calor húmedo del norte peruano, hasta la anómala atmósfera de la puna, soporto las enfermedades  tropicales, la sed y el hambre, para culminar cada movimiento, cada expedición en las gloriosas batallas que dieron brillo a sus lauros.

En tanto la guerra del Pacífico para el Perú representó una guerra de intereses, sólo un sector de su población tenía alguna conciencia de la envergadura del conflicto internacional, tan solo una parte de la clase más culta y acomodada, los más lúcidos, enfrentaron la coyuntura bélica bajo la perspectiva de su propia cultura política y no como una guerra contra otra nación, militarmente actuaron tal como lo habían hecho sus abuelos, padres y ellos mismos en las constantes revoluciones, cuartelazos y asonadas, que afectaban cotidianamente la vida política del país, esta lacra llenó a la sociedad peruana  de caudillismos militares, que no le permitieron la formación de una clase política dirigente cohesionada que posibilitara la conducción de tan rico país por la senda del progreso, afianzando de buena manera las instituciones republicanas, evitando la corrupción en los negocios públicos y los derroches que llevaron a la, casi, bancarrota de  la Hacienda fiscal peruana en los años previos a la guerra y que en definitiva fue uno de los factores determinantes que impulsaron a los gobernantes peruanos a hacer un juego muy peligrosos en su política internacional, la que en definitiva derivó en la guerra. Esta, la guerra, representa para la clase dominante peruana, especialmente la  limeña, la búsqueda nostálgica de un pasado, que giro en torno a  la hegemonía política de Lima sobre las antiguas colonias españolas de Sudamérica, y que  había perdido sobre sus hermanas repúblicas sudamericanas a la caída del virreinato y jamás recuperado  como república a causa de  la independencia.

La guerra para el pueblo peruano fue tan seccionada socialmente que en infinidad de veces a los prisioneros que hacia el Ejército de Chile se les preguntaba por quien combatían,  la respuesta casi irremisiblemente era por el caudillo que comandaba su Batallón o su División y no por su país, a diferencia del sentido de nación que tenía el soldado chileno. Por ello es que para el Perú  los defensores de Arica representan el alma de su nación.  Bolognesi y sus hombres representaron el honor nacional, no claudicaron al cómodo expediente de la rendición, mantuvieron en alto el sentido del deber y del honor de su país, estaban concientes de la trascendencia de su sacrificio para las futuras generaciones de peruanos.

En la Guerra del Pacífico, la Batalla de Arica representa quizás uno de los hitos más trascendentes de toda la guerra, es por ello que hemos querido plasmar en este libro los acontecimientos ocurridos en la ciudad del Morro desde la declaración de guerra el 5 de abril de 1879 al 7 de junio de 1880, no sólo porque con esta acción bélica culminaba la perdida de los departamentos sureños del Perú, los que en realidad  ya habían sido perdidos en la batalla de Tacna, sino, lo más trascendente es que en esta acción tanto peruanos como  chilenos se vieron forzados a mostrar lo mejor de sí mismos como pueblos, el coraje, el honor,  la nobleza, la bonhomía, el espíritu de superación, la lealtad, en fin todos valores que enaltecieron a los beligerantes y que la más de las veces son valores ignorados en la fatídica vorágines de la guerra, donde prevalece de natural el instinto del hombre por depredar, destruir todo, aniquilar moralmente al adversario, asesinar. Sin embargo, también es sabido que en tanta tragedia humana florecen los valores que dan nobleza a la humanidad como la solidaridad, el acto de amor sublime de inmolarse entregando la vida por el prójimo y por la patria común,  la fraternidad, el desarrollo al máxime del compañerismo, el desarrollo de ese sentido de esfuerzo colectivo por logra el bien común, en definitiva todo el heroísmo que es capaz de mostrar el hombre, los pueblos ante la adversidad sacan  sus buenas aptitudes que en tiempos de paz desgraciadamente la mayor de las veces permanecen en letargo.

La batalla de Arica fue la culminación de un proceso histórico que comenzó a desarrollarse  un año y dos meses antes de la fecha gloriosa del 7 de junio de 1880, fecha en que se enfrenta una élite de Chile y Perú, grupo humano no seleccionado como tal por los altos mandos militares, sino que la providencia quiso ponerlos en una prueba del destino que supieron salvar con grandeza, honor y gloria y que hasta el día de hoy enorgullece a sus respectivos países.

Los gobernantes de Perú y Bolivia, Prado y Daza, respectivamente, deciden  constituirse en Arica y trasformarla en el centro del Comando General para  la conducción de la guerra, es por ello que Arica se ve transformada en poco tiempo en una plaza fuerte, cuyo sistema defensivo se consideraba como uno de lo más avanzados para su época, entendido en el contexto del tamaño de las naciones americanas, las concentraciones de tropa, el establecimiento de la base naval, la actividad política y diplomática darán a la ciudad del Morro un espacio muy importante en la historia de este conflicto bélico. En tanto para Chile, Arica representaba un eslabón fundamental en el contexto estratégico de la guerra, junto con Tacna, representaba el punto de unión de los países aliados, era la puerta que de ganarla le permitiría el dominio relativamente tranquilo de Tarapacá y del Despoblado de Atacama (Antofagasta), además de servirle de base militar fundamental para una invasión sobre Lima que resultase  con cierta certeza exitosa.

El lector encontrara un relato con cierta rigurosidad cronológica de los acontecimientos, como si se tratase de un diario de campaña, la verdad es que se hizo intencionalmente así con el fin de situar a quienes se interesen por el tema en la emoción diaria que vivió la comunidad ariqueña, los mandos militares, los soldados de uno u otro bando y en general los protagonistas y testigos de esa época, todo esto con la idea de humanizar más los relatos históricos para que escapen de las frías estadísticas, fecha sin sentido o menciones de eventos como simples titulares, en este contexto es que se decidió incorporar un anexo con la nomina de los soldados del 4° de Línea que estuvieron presentes en el asalto y toma del Morro de Arica, nomina que va desde la Plana Mayor hasta la 4ª Compañía del 2 Batallón del regimiento, esto a modo de homenaje a los infantes de la República de Chile que participara en tan importante batalla, es decir los soldados de los regimientos;  3° de Línea, “Lautaro” y 1° de Línea “Buín”,  no hay que olvidar que la batalla de Arica fue eminentemente una acción de infantería ya que por las condiciones de sus dispositivos de defensa hacían inoficiosa o poco efectiva la participación más directa de la Caballería y de la Artillería, en esta batalla brilló con excelencia el genio militar del coronel don Pedro Lagos Marchant,  héroe que destacó durante toda la guerra por sus grandes dotes de táctico, aptitud  demostrada en su ya dilatada carrera militar, fue un jefe con sabiduría y de gran ascendencia en el Ejército, institución en la que supo mantener el liderazgo del mando, por lo que siempre supo llevar al triunfo a las fuerzas bajo su mando, destacando con brillo especial en “El asalto y toma de Arica”.

 

 

 

El autor.


 

Capitulo I

La crisis económica el inicio del conflicto internacional

 

El gobierno peruano en 1877  cruzaba por la peor crisis económica del siglo XIX, los malos manejos de la Hacienda fiscal lo habían llevado al descalabro económico, el contrato Dreyfus ya no proporciona las divisas   que otrora  dio, por el contrario la casa comercial francesa ahora reclamaba  del Estado peruano  importantes sumas de dinero que le habían sido adelantadas en años fiscales anteriores,  el ilusionismo de la prosperidad lograda con el denominado contrato Dreyfus se deshacía como pompa de jabón, el crédito peruano en Europa  y Estados Unidos estaba totalmente cerrado, el estanco del Salitre que implemento el gobierno peruano fue un fracaso, generando el resentimiento de la clase empresarial peruana vinculada al negocio salitrero y el de los inversionistas chilenos e ingleses que explotaban los cantones salitreros de Tarapacá,  este cuadro económico llevó a la otrora prospera República prácticamente a la bancarrota.

La crisis económica en Arica se hizo sentir en variadas formas, uno de su efecto fue la tensión en las relaciones comerciales entre Bolivia y Perú por el no reembolso de los derechos aduaneros cobrados en la Aduana de Arica por el gobierno peruano, este, tenía el compromiso de  entregar un porcentaje de lo recaudado al gobierno de Bolivia conforme al tratado que existía entre ambas naciones después de la crisis  del “libre tránsito” causada por el contrabando. El déficit de las arcas fiscales del Perú se dejo notar también en la calidad de las otrora suntuosas construcciones fiscales, dejando sus huellas en la reconstrucción de los edificios públicos de Arica, un ejemplo claro de estas circunstancias fue la casa del Subprefectura de Arica que al reconstruirla después del terremoto de 1877 en sus muros se utilizó piedra de río y desecho de ladrillos, a diferencia de los otros edificios del complejo cívico que usaron ladrillos traídos desde Francia y que llevaban impreso el sello de “G. EIFFEL ET  CIE   /PARIS”, la visión que presentaba Arica  a los ojos del visitante en los años inmediatos a los terremotos esta muy bien expresada en el relato del viajero Albert Davin, teniente de la marina francesa, que por esos años recorrió el océano Pacífico  entre Tierra del Fuego y las Islas de Hawai, pasando por las costas de Chile y Perú además de recorrer la Polinesia, en parte del relato Davin dice de Arica: “Es imposible imaginar un paraje más desolado, un paisaje triste, que el valle de Azapa, al borde del cual el pueblo de Arica congrega sus casas grisáceas. En el valle cabalgan fantásticos  promontorios, cabezas arenosas entre las cuales algunos toques verduscos simulan pequeños oasis. Sin embargo, aquí, como en el teatro,  hay que contentarse con el efecto lejano: olivos de follaje opaco y matas de boj dispersas forman bosquesillos de verdor al proyectarse unos contra otros.

Arica está edificada sobre un centro de actividad volcánica, y muchos desastres sucesivos han determinado el régimen de construcción de las casas. De muy poca altura, éstas parecen aun más empequeñecidas bajo un peñón de 400 pies de altura, el Morro,  que se alza al sur de la ciudad. Siete u ocho  calles  perpendiculares –mucha de las cuales no tienen nombre (¿quien tiene la certeza de que mañana no estarán en ruinas?)-  atraviesan Arica de parte a parte; orilladas por casas rojizas o azules, están empedradas con guijarros redondos, según la costumbre española. Las terribles lecciones  infligidas  a los habitantes por los terremotos  han dado sus frutos: de tarde en tarde, espacios vacíos permiten a la población acampar en caso de un nuevo cataclismo. Cuando la tierra comienza a estremecerse, todos se precipitan fuera de sus moradas y aguardan, golpeándose el pecho, esperando  lo que el destino les reserva.”

En otra de su parte Davin agrega: “Antaño la ciudad era más importante, a juzgar por las ruinas dispersas por la planicie. El nuevo pueblo no proporcionará sino un alimento mediocre al próximo terremoto. Aún  no han osado los habitantes reconstruir la ciudad sobre sus antiguos cimientos; sin embargo, la audacia no tardará en reaparecer: la gente se acostumbra a todo, incluso a la amenaza perpetua de una destrucción total”. Hasta aquí  el relato del teniente Davin.

La llegada de 1878 no trajo respiro económico al Perú, con esto vino  la complicación de la situación de sus relaciones exteriores que cada vez se dificultaba más, haciendo aparecer en el horizonte los nubarrones de la guerra.

Para entender el inicio del conflicto internacional que derivaría en la guerra de 1879, nos remitiremos  a la Ley firmada por el presidente peruano Manuel Pardo  el 13 de enero de 1873, en que establecía el estanco del  nitrato tarapaqueño; esta medida casi desesperada de las autoridades peruanas pretendía volver a la antigua bonanza generada por las ventas  del guano, buscando en el salitre una nueva fuente de ingreso fiscal que le permitiera superar la crisis de la economía. Para establecer el estanco salitrero por medio de la Ley se dejó  la producción limitada a 4.500.000 qq. españoles  y se autorizaba al gobierno para comprar esa producción a un precio fijo de 2.45 soles el quintal. De esta forma, Pardo pretendía  eliminar el conflicto de interés que existía entre el guano peruano de propiedad fiscal, (comprometido  con el contrato Dreyfus) y el Salitre Tarapaqueño en manos de particulares que hacia competir en los mercados internacionales al Perú contra el Perú.  El proyecto del estanco salitrero consideraba  revenderlo  a aquellos que desearan exportarlo,  con un recargo de 2 chelines y 6 peniques por quintal. Para las oficinas de explotación salitrera situadas en las cercanías del litoral el costo de fletes resultaba soportable;  pero muchas de las ubicadas al interior del desierto no pudieron absorber dicho costo, causando esta dificultad el cierre de varias de ellas, como asimismo las oficinas que explotaban yacimientos de baja ley tuvieron que cerrar  al no poder absorber los costos que significó el establecimiento del Estanco; con el fin de aumentar las utilidades los salitreros decidieron  incrementar la producción, lo que prontamente excedió la demanda haciendo caer el precio en los mercados internacionales en un 25%. A causa  de la crisis del precio del salitre en 1875 el gobierno peruano es autorizado para establecer el monopolio  fiscal del nitrato.

De esta forma los esfuerzos del gobierno peruano por manejar el negocio del salitre se estrellaban duramente  con el negocio privado del fertilizante, que principalmente manejaban los capitales chilenos e ingleses tanto en Tarapacá como en Antofagasta,  y que tenía su  sede  en Valparaíso, la competencia  cada vez más fuerte de la “Compañía de Salitres de Antofagasta”, hacia más difícil al gobierno peruano pretender el control internacional del comercio salitrero. En la desesperación  financiera de la Hacienda fiscal peruana sus gobernantes veían  como una única posibilidad de éxitos en sus planes el aniquilamiento de la firma anglo-chilena, además del sometimiento de los inversionistas al diseño de control comercial que pretendían. Para ello comenzó a promover un entendimiento con el gobierno boliviano con el fin de que pusiese termino a los privilegios que poseían las empresas chilenas de la región de Antofagasta, que eran otorgados conforme a los tratados Chileno-Bolivianos de 1866 y 1874.

Los continuos roces entre la república de Chile y la república de Bolivia por la definición fronteriza del desierto de Atacama, sirvieron al presidente peruano Manuel Pardo de pretexto de primer orden para atraer a los gobernantes bolivianos a favor de una alianza entre ambos países,  así  se firma un tratado secreto de alianza entre Perú y Bolivia el 6 de febrero de 1873, en representación de Bolivia firmó el señor Juan de la Cruz  Benavente y por parte del Perú firmó el señor José de la Riva Agüero,[1] las consecuencias directas de este tratado fueron que Bolivia quedó  impedida en los hechos de  poder negociar directamente con Chile y de esta manera resolver las cuestiones pendientes entre ambos países, esta dificultad se generó especialmente por lo dispuesto en el articulo VIII del  tratado secreto en cuestión. El segundo paso del gobierno peruano en el plan para logra dominar el negocio internacional del guano y del salitre consistía en alcanzar prontamente una suerte de tutela sobre el salitre atacameño, para ello, los dirigentes peruano consideraban más débiles a las autoridades bolivianas y a sus empresarios, que al fuerte rival que representaban los empresarios chilenos y el Estado de este país mucho más organizado y evolucionado en su vida republicana que sus vecinos.  Para lograr el alejamiento chileno de la industria salitrera atacameña era necesario  genera un conflicto armado entre Bolivia y Chile, lo antes posible, con este objeto el gobierno boliviano debía  denunciar el tratado de 1874,  retrotrayendo todas sus demandas a las reivindicaciones anteriores a la fecha de la firma de ese tratado y  de inmediato había que proceder a la ocupación de los territorios al sur del paralelo 24, con lo que necesariamente provocaría la reacción del gobierno chileno obligándolo a declarar la guerra y de esta forma se pretendía  hacer aparecer a Chile como país agresor, lo que provocaría el embargo de material de guerra en su contra, al ser considerado como país agresor. Esta estrategia requería que se ejecutara con la mayor celeridad  posible para evitar que Chile pudiese retirar los dos blindados que había  encargado construir en los astilleros “Hall” en Inglaterra, dejando  al país del sur de este modo  en desventaja para realizar una operación militar con probabilidades éxito sobre el desierto de Atacama.

 Los gobernantes peruanos pensaban que de este modo podrían hacer efectivo lo establecido en el tratado secreto firmado con Bolivia,  intentando una mediación entre ambas naciones en conflicto, pero con la presión de los cañones de la Armada peruana, que por entonces  mantenía cierta  superioridad naval en esta zona del océano Pacífico, el plan era sin perjuicio de logra una alianza con Argentina que para la estrategia global era un “plus”.

Por otra parte a los gobernantes bolivianos les atraía la estrategia peruana, pues, estaban consientes de la extrema debilidad militar y económica en que se había sumido esa república altiplánica a causa de   la endémica anarquía que reinó en ese país después de los gloriosos días de los  gobiernos del Mariscal Santa Cruz y del general Ballivián. Al adscribir a los planes peruanos los gobernantes bolivianos pretendían frenar la expansión chilena en la zona del desierto de Atacama que cada día era más poderosa a través de sus empresas, mano de obra y capitales, transformado en un núcleo de riquezas minerales, como el  guano, el salitre, la plata, etc. un territorio desértico y casi abandonado  hasta antes de las explotaciones mineras hecha por los chilenos. Según el censo del 10 de noviembre de 1878, la circunscripción municipal de Antofagasta que comprendía: Antofagasta, Salar del Carmen, Mantos Blancos, Punta Negra,  Salinas y Carmen Alto; tenía una población de 8.507 habitantes, de los cuales  6.544 eran chilenos; 1.226 bolivianos, y el resto de otras nacionalidades.

Los planes de los aliados se vieron frustrados principalmente por la  lenta actitud política de los bolivianos, lo que permitió que el gobierno chileno dilatar con acciones diplomáticos los peligrosos causes de la política internacional de sus vecinos, el problema argentito a momentos parecía que desencadenaría en guerra, todos motivos que llevó al gobierno del presidente Pinto a que ordenase acelerar la construcción de dos blindados en astilleros ingleses, el gobierno chileno da órdenes para que el blindado “Cochrane”  saliese de los astilleros W.G. Armstrong, tan pronto estuviese su artillería lista, sin aguardar  la colocación del forro de zinc y madera recomendado por el ingeniero y constructor naval George Rendel; dejando para posterior los detalles no esenciales para el combate. En octubre de 1875,  el canciller peruano José de la Riva Agüero, enrostraba en comunicación escrita al gobierno boliviano  entre otras consideraciones les decía lo siguiente: “...dos años perdidos en discusiones estériles...”, mas adelante: “...Reforzada como se halla la marina chilena por el blindado que acaba de sacar de los astilleros ingleses y que a la fecha camina hacia el Pacífico será más difícil  evitar el posicionamiento de esa república del litoral boliviano...”.

En 1878 gobernaba  el Perú el general Mariano Ignacio Prado quien había asumido el gobierno el 2 de agosto de 1876 y  el general  Hilarión Daza hacía lo propio en Bolivia, este último se había hecho del poder también en 1876 cuando derrocó al presidentes  Tomás Frías de quien había sido ministro de  Guerra. El general Daza en un error de apreciación e incentivado por políticos peruano de tendencia civilista liderados por el ex presidente de esa nación Manuel Pardo entre otros los señores, Canevaro, José Riva Agüero, José Antonio Lavalle, Manuel Irigoyen, estimó como un signo de debilidad la política evasiva mantenida por el presidente chileno don Aníbal Pinto Garmendia con relación a los temas del cumplimiento de los tratados entre ambas naciones y del hostigamiento que sufrían los chilenos en territorio de Bolivia, el presidente chileno hacia todo lo posible por evitar un conflicto armado, de esta manera creyó el gobernante boliviano que Chile temía una guerra con una triple alianza entre Perú, Bolivia y Argentina. Este error de apreciación lo llevó  a extremar las medidas destinadas al hostigamiento de los chilenos que habitaban Antofagasta y a sus  empresas con el fin de  desmotivar la presencia chilena en esa zona, bajo este prisma ordenó también tomar medidas para recuperar las salitreras para el fisco boliviano, el general Daza  en comunicación al prefecto de Antofagasta señor Severino Zapata le señalaba: “Tengo una buena noticia que decirle. He fregado a los gringos, decretando la reivindicación de las salitreras y no podrán quitárnosla por más que se esfuerce el mundo entero. Espero que Chile no intervendrá en este asunto; pero si nos declaran la guerra, podemos contar con el apoyo del Perú, a quien exigiremos el cumplimiento del tratado secreto. Con este objeto voy a mandar a Lima a Serapio Reyes Ortiz”, nota enviada el 1º de febrero de 1879.

El presidente boliviano decidió romper el tratado de 1874 suscrito con Chile, y para ello  el 1º de febrero de 1879  dicta  un decreto firmado por él y todos sus ministros, declarando caducadas las concesiones de la “Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta”, el 6 de febrero se notificó a la Compañía y al representante de Chile en La Paz. En la notificación a la Compañía anglo-chilena  se hacia  cobranza de los supuestos derechos adeudados conforme a la ley del 14 de febrero de 1878 en que grababa el quintal  español de salitre en 10 centavos,  el día 11 de febrero se trabó embargo en los bienes de la Compañía por la suma de $ 20.848,13 pesos bolivianos, además se ordenó conducir a la cárcel  pública al gerente de la empresa señor Jorge Hicks y se fijo  remate para el día  14 de febrero de 1879 de todo lo embargado es decir de las oficinas y todos sus bienes.

La reacción del gobierno chileno  fue la de ocupar militarmente el territorio comprendido entre el paralelo 23 y 24, reinvidicándolo a la soberanía chilena, por haber sido denunciado por parte del gobierno boliviano en los hechos el tratado de 1874 y en consecuencia el tratado de 1866 firmado entre los gobiernos de Chile y Bolivia. Chile reivindicaba los derechos anteriores a 1866, por lo que el gobierno ordenó la ocupación  de Antofagasta, la que se hizo efectiva el mismo día 14 de febrero de 1879,  cinco días después del desembarco el primer gobernador chileno de Antofagasta señor Nicanor Zenteno telegrafiaba al gobierno de Chile diciendo: “Todo el territorio comprendido entre los paralelos 23 y 24, de mar a cordillera, ha sido ocupado en nombre de la República”; Bolivia declara la guerra a Chile el 1º de marzo de 1879.

Por su parte la reacción del presidente peruano Mariano Ignacio Prado fue  la de buscar la mediación, a pesar de las fuertes presiones de los civilistas que por esa fecha no contaban con el fuerte liderazgo de don Manuel Pardo quien había sido asesinado el 16 de noviembre de 1878 en las puertas del parlamento en Lima,  el presidente Prado cede a la presión de los belicistas y decide hacer efectiva las cláusulas del tratado secreto firmado entre Perú y Bolivia en 1873; lo que determino que el gobierno chileno declarara la guerra a ambas Repúblicas el día 5 de abril de 1879.

Arica en estos acontecimientos pasaría a ocupar un lugar de importancia tanto en las operaciones militares como en la actividad política y diplomática propias de un conflicto bélico; el 7 de abril del año de inicio de la conflagración armada, a tan sólo dos días de declarada la guerra por parte de Chile,  el transporte “Chalaco” desembarcó en Arica  al batallón “Lima” Nº8 de 500 plazas, cuatro piezas de artillería de campaña con 60 hombres, y al regimiento de caballería “Lanceros de Torata” con 200 plazas, el día 9 de ese mes se desembarcaron  4 cañones de grueso calibre de 250 libras cada uno, dos de los cuales se subieron al Morro para ser instalados en las baterías de esa excelente posición estratégica, los otros dos se destinaron  a baterías que se armaban en la playa, días antes habían llegado al puerto dos batallones de guardias nacionales con destino a Tacna, cada batallón constaba de 250 hombres, estos estaban sin armas ni uniformes, se les trasladó a esa ciudad por tren, ahí se les acuarteló en espera que llegasen los pertrechos necesarios que venían  en el  transporte “Chalaco”. Según el corresponsal del diario el “Comercio” de Lima  da como fecha de arribo del buque de transporte “Chalaco” el día  5 de abril en el puerto de Arica donde  desembarcó gran cantidad de pertrechos para continuar a Pisagua al día siguiente, el corresponsal al respecto dice “... Al día siguiente viajó (el “Chalaco”) a Pisagua donde desembarcó el Batallón “Puno”,  media batería, el general La Cotera y muchos caballeros voluntarios de Tacna con sus “Winchester”, entre ellos, Blondell, el doctor Oviedo, etc. Los “rotos” habían estado allí como a las cuatro de la mañana, pero el buque regresó a Arica sin novedad”.

Desde los primeros días de abril de 1879 empieza una febril actividad  en la ciudad puerto, el prefecto del Departamento de Tacna era el coronel Carlos Zapata y Subprefecto de Arica era  don Fermín Federico Sosa, por ese entonces Arica era provincia del  Departamento de Tacna. [2]

La instalación de las baterías fue encomendada al Coronel de artillería don Arnaldo Panizo. El día 9 de ese mes se nombra Comandante General de Baterías y Fuerzas de la Plaza de Arica al Contralmirante don Lizardo Montero Flores que hace su arribo al puerto el día 13 de abril a bordo del “Talismán” acompañado de 19  Jefes, 30 Oficiales y 40 voluntarios de “elevada posición social”, este personal se alojó en el hotel “Colón” y en las casa de patricias familias ariqueñas, a los  Jefes de más alta graduación se les dispuso la casa de la subprefectura, las tropas fueron acuarteladas en el cuartel de Celadores (policía), la cárcel que estaba ubicada al lado de este cuartel también fue habilitada como cuartel militar, la recova  fue otro lugar que se adapto para cuartel militar, cuando aumento el contingente se ocuparon algunos sitios vacíos cercanos  al cementerio donde se levantaron carpas de campañas pero las más fueron ramadas formadas con  cañaveral y hojas de matas de  plátano que servían de cuadras a los soldados;  el buque traía 410 bultos con pertrechos militares, armas y víveres, entre el armamento llegado en el “Talismán” venían los cañones  “Voruz” de 70 libras y Parrot  de100 libras.

El Comando General dispuso las fortificaciones de Arica en el borde costero norte de la ciudad en el lugar denominado “La Chimba” hasta la desembocadura de del río San José, con el objeto de proteger la bahía y la ciudad de bombardeos a corta distancia de buques enemigos,  como también con el fin de evitar un desembarco de tropas por ese sector, el que se consideraba más apto para ese objeto, el primero de estos ingenios militares se ubicó en la ladera norte  de la desembocadura del río San José sobre un pequeño barranco que formaba la topografía del sector, dándosele  el nombre de fuerte “San José”,  poco más al sur  de la desembocadura, a unos 500 mts. al norte de las últimas casas de la ciudad, en el sector denominado  “la Chimba”, fueron ubicado los fuertes “Santa Rosa” y “2 de Mayo” el Comando General también ordenó artillar el Morro, estas fueron las primeras  instalaciones  militares de importancia de la plaza fuerte de Arica; se sumaron al coronel Panizo en este trabajo los ingenieros militares, coronel Juan Nolberto Eléspuru y el teniente coronel Castillo, llegados junto a Montero en el “Talismán.”

 Para el día 20 de abril  se esperaba en Tacna una vanguardia de las tropas bolivianas  de 1.500 hombres  bajo el mando del general Narciso Campero, estas tropas eran un adelanto del total de 4.000 soldados que había comprometido el general Daza conforme a la alianza establecida por Perú y Bolivia, el presidente boliviano llegó días más tardes con el resto de la tropa, así se iniciaba los febriles días  de la guerra del Pacífico, en la estratégica ciudad del Morro y que no cesaría hasta ser verificada la toma de Arequipa, la firma del tratado de Ancón y el retiro de las últimas tropas de ocupación chilenas desde territorio peruano en agosto de 1884.

El 2 de  mayo de 1879 tiene un especial significado para la ya militarizada Arica, era la fecha de conmemoración  de la derrota de la escuadra española  comandada por el almirante  Casto Méndez Núñez en el puerto del Callao el año  1866, el contralmirante Montero era considerado un héroe de esa jornada donde había actuado como comandante del buque “Tumbes” que apoyado por las poderosas fortificaciones  de tierra resistió como batería flotante el alevoso ataque de la escuadra española, cuando ocurrieron esos hechos eras presidente  del Perú el entonces coronel Mariano Ignacio Prado, por una notable coincidencia el destino nuevamente ponía a estos dos altos oficiales en responsabilidades tan altas para con su patria, donde de nuevo Prado,  ahora general, ocupaba  la máxima  jefatura del Estado y Montero el mando en jefe de la más importante Base Naval del Perú de ese momento.

El contralmirante Montero  había ido a visitar al general Daza el  30 de abril a Tacna  con el fin de darle la bienvenida a nombre del gobierno peruano y le invito a los actos conmemorativos del 2 de Mayo a efectuarse en el puerto de Arica, Daza retribuye la visita de Montero, el contralmirante con una guardia de honor  fue a recibir a su invitado  a la estación de pasajeros del ferrocarril. Después de recorrer los lugares más notables de la urbe, se le ubica alojamiento en el departamento principal de la Aduana (casa de la subprefectura), donde se sirvió un espléndido almuerzo.

Hecha la sobremesa el marino invita a su ilustre huésped a recorrer las baterías y presenciar un ejercicio de  fuego. La visita se inició en el fuerte “San José” donde se  analizó la calidad de las instalaciones recién hechas de las baterías de ese fuerte, se continuó en los fuertes aun en construcción, “Santa Rosa” y “2 de Mayo”, donde estaban próximas a ser colocadas las piezas de artillería destinadas a esos lugares, terminada  la revista a los fuertes de la costa, la comitiva se dirigió a las baterías emplazadas en la cima del Morro, donde se realizaría las practicas de tiro. Para efectuar el ejercicio se había dispuesto una pequeña lancha como blanco, este objetivo se ubicó a unas tres millas de distancia, el honor de dar mecha al primer tiro le correspondió al general Daza que desde ese momento no disimuló  su satisfacción y alegría, se dispararon quince tiros cada vez acotando con mayor exactitud la precisión de los tiros hasta que el último dio en medio de la pequeña embarcación hundiéndola instantáneamente.

Ahí  no tuvo limite al entusiasmo  del general Daza, dando un efusivo abrazo y palmoteadas en la espalda al jefe de la batería, luego se dirigió  donde se encontraba  muy erguido y orgulloso el cabo de cañón con cuatro sirvientes de pieza, recompensándolos con unas monedas de oro, pero en el acto el contralmirante  Montero se opuso cortésmente al gesto del mandatario boliviano y recompensó el mismo con largueza  al personal de la batería.

Concluyeron los actos conmemorativos con un desfile de honor en la explanada que daba frente al edificio de la Aduana y al anochecer se sirvió una abundante cena.

El 19 de mayo de 1879 llegó a Arica el presidente peruano Mariano Ignacio Prado con el título de “Supremo director de la Guerra” estableciendo su Cuartel General en el puerto;  el presidente peruano con un permiso del Congreso del Perú llega a tomar el Comando General de la Fuerzas Aliadas en los Departamentos del sur, cargo que le correspondía conforme a los acuerdos de alianza firmado por las repúblicas de Bolivia y Perú, al desarrollarse las acciones militares en territorios peruano. Desde fines de abril  el presidente boliviano general Hilarión Daza iba y venía desde las ciudades de Tacna y de Arica coordinando la instalación de la guarnición boliviana en la zona, el día del arribo al puerto del presidente peruano encabezaba las tropas bolivianas  con un regimiento de elite, considerado una suerte de guardia pretoriana del mandatario altiplánici, denominado  Batallón Primero de Línea  “Los Colorados” que el decir popular bautizó como “Los Colorados de Daza”; con la presencia del general Prado en Arica quedaba estructurado el comando aliado para las operaciones militares en Tarapacá y  Atacama; Arica  así se transforma en el centro de operaciones del Ejército Aliado, refugio de la Escuadra peruana y Base Naval.

Las primeras actividades del comando en jefe del gobernante peruano consistieron en una revista a las concentraciones de tropas entre  Iquique y Tacna, verificó las instalaciones militares  de las costas, retornando  a Arica  el 4 de junio, donde comienzan a sucederse las Juntas de Guerra de los Jefes del Ejército Aliado, donde se acuerdan los planes de campaña, la ejecución de operaciones, los abastecimientos, etc.

Arica sirve de Base Naval  a los buques de la Armada  del Perú esta tiene una gran importancia, pues, la primera fase de la guerra se caracterizó por la lucha de los beligerantes por lograr el dominio del mar, esta fase de la guerra del Pacífico concluyó con la captura del monitor “Huáscar” el 8 de octubre de 1879, en punta de Angamos, acción donde perdió la vida el comandante de la nave peruana almirante don Miguel Grau, combate naval que se verifico a la cuadra de Mejillones.

La primera incursión  de buques de guerra chilenos a las costas de Arica se verifico el día 20 de abril de 1879 cuando el blindado “Cochrane” al mando del Capitán don Enrique M. Simpson y  la corbeta “Magallanes” retornaban de  una misión al puerto de Mollendo encomendada por  el Comandante en Jefe de la Escuadra chilena Almirante don Juan Williams Rebolledo.  A las  03:30  A.M. de ese día  entre Ilo y el morro de Sama  los buques chilenos avistaron un vapor, dándole caza  lo identificaron como el “Itata”  por el cual se enteraron que “La Unión” y “La Pilcomayo” se encontraban en el norte como a 40 millas del Callao retornando a la primera Base Naval  del Perú, como a las 05:00 P.M.  las naves chilenas estuvieron a tiro de cañón de las baterías del Morro de Arica, desde cubierta se pudo apreciar  como se montaban cinco cañones de grueso calibre en el promontorio tutelar del puerto, tres de los cuales estaban destinado a la defensa de la rada y dos de ellos apuntaban al Oeste;  el “Cochrane” y la “Magallanes” avanzaron hasta ponerse a 1.000 mts. de distancias de las baterías de tierra presentando su costado en un acto de provocación  con el fin de medir  las instalaciones de artillería que efectuaban los peruanos, esperaron hasta que cerrara la noche no obteniendo ninguna reacción por parte de los artilleros  de la plaza fuerte de Arica, a pesar de  que las baterías del Morro dominaban  las cubiertas de los buques chilenos en un ángulo de 7º de depresión, al  noreste se detecto otra batería pero que tampoco tuvo reacción alguna, en la Isla del Alacrán se observó  la existencia de un parapeto de artillería en construcción, pero no había ningún cañón en ese emplazamiento, la escuadra chilena verifico que no había ningún buque de guerra peruano en la bahía, solamente  cinco barcos extranjeros, entre los que se encontraba el barco de mantención del cable submarino, concluido el reconocimiento el capitán Simpson  comandante del “Cochrane” ordenó tomar rumbo al sur, de esta incursión de buques de la Armada chilena a aguas ariqueñas se puede deducir que a esa fecha de abril aun no se encontraban en condiciones de combatir las defensas del puerto de Arica.


Capitulo II

La guerra del Pacífico

 

·         Primera etapa de la Guerra

 

 

Queda establecido el Cuartel General del Ejército Aliado en Arica y con ello  la presencia en la ciudad de los mandatarios de las repúblicas de Bolivia y Perú, encabezando el comando en jefe de las Fuerzas Aliadas el mandatario peruano conforme a las cláusulas del tratado secreto. Así, comienza la primera etapa de la guerra del Pacífico, etapa que a su vez es posible subdividir en dos periodos muy definidos,  el primer periodo es el de la guerra marítima en la cual la marina peruana mantuvo paralizadas las operaciones militares chilenas y duró hasta la captura del monitor “Huáscar” y la consecuente muerte de su comandante el Almirante don Miguel Grau en Angamos, el segundo periodo corresponde a las operaciones  terrestres en el Departamento de Tarapacá, termina  este periodo con la perdida del Departamento sureño por parte de los aliados después de la batalla de Tarapacá; la segunda parte de la primera etapa de la guerra del Pacífico se inicia con la caída del poder de los mandatarios de los países aliados y concluye con el asalto y toma del Morro de Arica.

El Almirante Montero inmediatamente asumida la Jefatura de la Plaza, toma personalmente la dirección de la construcción destinadas a la defensa de Arica, que habían sido encomendadas al coronel Arnaldo Panizo, estas construcciones se habían visto algo estancadas por la falta de recursos materiales y humanos, Montero mejoró en parte el diseño de los fuertes de la costa y los del Morro, en este último determinó  la construcción  de un fuerte de estructuras de mampostería sólida conforme al diseño francés en boga en las construcciones militares de la época, el proyecto constaba de cuatro grupos con cuatro baterías cada uno,  de los que solamente se concluyeron dos de los cuatro proyectados.

El sistema defensivo de Arica quedo conformado por las baterías del Morro, que se dividieron  en batería Alta y batería Baja, la primera estaba  integrada por dos fortines construidos sobre  zanjas excavadas en la roca viva, los matacanes, los blocaos de los cañones, las santabárbaras, fueron construidas en mampostería de cemento con piedra bolón de río y ladrillo cosido, estos fortines estaban intercomunicados por galería subterráneas talladas en la roca viva, donde se ubicaron los dormitorios de los servidores de las baterías y almacenes de vituallas; los cañones estaban empotrados sobre un sistema de rieles que les permitían girar en 360º , pudiendo dispara  en cualquier dirección, el fortín ubicado más al sur de la explanada de la cima que protegía la costa de ese sector de Arica en un ángulo que daba un campo de tiro desde la playa Miller  hasta cruzar sus fuegos con la batería Baja en un punto poco mas al norte de la Isla del Alacrán, conformación geológica que quedaba bajo el manto protector de estas baterías.  El fortín tenía 3 cañones un Vavasseur de 250 libras y dos Voruz de 70 libras, el segundo fortín ubicado al centro de todo el sistema defensivo de la cima del Morro era el principal, pertenecía a la batería Alta, era de igual calidad en su construcción, al centro de este fortín se encontraba la atalaya de mando que consistía en una  torrecilla  construida en hormigón armado, y que daba una visión completa de casi el 90% del sistema de defensa del puerto, lugar desde donde el comandante de baterías impartían órdenes sobre la base de señales de bandera y de bocina, este fortín tenía cuatro cañones, dos Vavasseur de 250 libras, dos Parrot de 150 libras.

La batería Baja ubicada al norte de la plazoleta formada en la cima dando frente a la ciudad, la integraban dos secciones una ubicada en el extremo más septentrional del peñón  que daba campo de tiro sobre la rada y la ciudad,  cubriendo  con un manto de protección a los fuertes de la costa, este fortín tenía   un cañón Parrot de 100 libras y dos Voruz de 70 libras la otra sección de la batería Baja estaba  casi en el acceso al la plazoleta de la explanada era un fortín con un Parrot de 100 libras y dos  Voruz de 70 libras su objeto era dar protección de artillería a las trincheras  y parapetos del sector norte  que iban  desde el fuerte “San José” desde el lugar de avanzada “Del Chinchorro” al fuerte “Ciudadela”, cruzaban el campo de tiro con los cañones de este último fuerte, los cañones de la Batería Baja estaban colocados a barbeta, los blocaos de estos cañones estaban formados por la roca  viva y portalones de gruesos maderos de roble fijando la base del cañón con gruesos pernos de acero empotrados a la roca, estos cañones eran de dirección de tiro fijo, solo se regulaba su “alza prima” por medio de un tornillo “sin fin”, los matacanes de protección lo formaban sacos de aspillera de cáñamo rellenos con arena, tenían cuatro hileras de alto,  esta batería  ubicada al norte de la explanada de la cima del Morro no fue terminada como los fortines de la batería Alta, por la falta de fondos, por lo que de esta forma fueron encontrado por los soldados chilenos  el memorable 7 de junio de 1880, en la batería Baja estaba  ubicado el mástil de honor para la bandera nacional, se dispuso este sitio porque era más visible desde la ciudad y  también desde la rada, el fuerte del Morro tenía otras construcciones, eran unas  casetas  de unos 6 mts. de ancho por  unos 15 mts. de largo que servían de oficinas a la oficialidad, los muros de estos recintos también eran de mampostería de cemento y piedra bolón de río, estas instalaciones fueron construidas semi subterráneas, con el fin de dar menor blanco  a los proyectiles enemigos, una de estas construcciones se encontraba  a la entrada  a la plazoleta que daba al camino de herradura que subía por el costado norte del peñón a espalda de la segunda sección de la batería Baja, otras dos fueron construidas más al sur en unos montículos existentes allí con la finalidad de servir de cuadras de la oficialidad y defensores encargados de las trincheras y parapetos que protegía ese sector que formaban el sistema de  defensas hasta unirse al reducto de “Cerro Gordo”.

El sistema defensivo de Arica también contempló la ubicación de baterías en la playa  norte de la ciudad, que abarcaba hasta la desembocadura del río “San José”, estas instalaciones militares fueron tres, las que recibieron el nombre de fuerte “Santa Rosa", “Dos de Mayo” y “San José”, el primero de estos fuertes, el “Santa Rosa”, lo forman dos cañones  Vavasseur de 250 libras, estos estaban sujeto sobre dos rieles de deslizamiento los que a su vez se empotraban en un sistema de rodillos que le permitían  un giro de 180º,  cada cañón tenia a un costado  la “santa bárbara” construida en subterráneo, con una techumbre muy sólida formada por  rieles y cemento/cal,  los matacanes  en su base eran de cemento y piedra de río, sobre este  se colocó tres filas horizontales de sacos de aspillera de cáñamo, la cara que daba  al mar fue cubierta con champas de barro que con la humedad del sector pronto se recubrió de grama salada, vegetal característico del borde costero ariqueño, lo que daba un perfecto camuflaje a las baterías. El segundo fuerte del sector costero  era él  “Dos de Mayo” ubicado poco más al norte, este fuerte lo componía un cañón  Parrot de 150 libras, este fortín  tenia las mismas características de construcción que el “Santa Rosa”,  estos fuerte estaban unidos entre sí por trincheras cavadas  en la tierra y protegidas por sacos con arena, estas trincheras llegaba hasta el muelle por el lado sur. Por último en la defensa costera estaba el fuerte “San José” que fue construido en un pequeño promontorio en la ladera norte de la desembocadura del río del mismo nombre, este  fuerte lo conformaban dos cañones, un Vavasseur de 250 libras y un Parrot de 100 libras.

Consciente el mando aliado de la importancia marítima de Arica toma la decisión de establecer aquí, la  Primera División de Torpedistas, la que dependía del Estado Mayor General del Primer Ejército del Sur con asiento en Arica. La  División estaba subordinada directamente al Coronel Jefe Superior de la Plaza de Arica y comandante General de Baterías, esta división  tenía su cuartel en la Isla del Alacrán, la dotación estimada era de 25 hombres contando desde el primer jefe hasta el último marinero, el mando le correspondió al Comandante de Artillería don Leoncio Prado secundado   por el ayudante alférez de batería don Pedro José  Ureta, el cuerpo de oficiales lo componían el alférez de batería Aurelio Cárdenas, Manuel Cabello, Luis Azcarate y guardián de 1ª clase José María León; marineros de la dotación de la división eran: Francisco Molina, Manuel Zúñiga, Manuel Rodríguez, Carlos Ocega, Marcos González, Raimundo Flores, Manuel Díaz, Carlos Quevedo, Manuel A. Zúñiga, Ángel Fuentes, Belisario Guevara.

La misión de este destacamento fue la de servir de antemuro defensivo ante un intento de desembarco suicida por parte de los chilenos.

El 20 de Mayo llega el convoy que traía desde el Callao hasta Arica al presidente del Perú Mariano Ignacio Prado y  que además trasladaba pertrechos de guerra, el convoy estaba integrado por los transportes “Oroya” buque insignia del presidente peruano, el “Chalaco”, y “Limeña”, eran protegidos por el monitor “Huáscar”  y la fragata blindada “Independencia”. Por  órdenes verbales de parte del señor General Director de la Guerra, el general Mariano I. Prado, los dos blindados peruanos siguen rumbo al sur, con la misión de romper el bloqueo del puerto de Iquique. El encuentro con las naves chilenas, la corbeta “Esmeralda” y la goleta “Covadonga”,  se llevó a cabo el 21 de mayo en la rada de ese puerto, estas naves de guerra eran de madera, ambas habían sido construidas en astilleros de Inglaterra y España respectivamente en la década del ’50 del siglo XIX. El Almirante Williams Rebolledo cuando zarpó con el resto de la Escuadra chilena al norte con el fin de sorprender a la Escuadra peruana en su base del puerto del Callao las había dejado sosteniendo el bloqueo de Iquique; el combate se traba entre el monitor peruano “Huáscar” y la vieja corbeta chilena “Esmeralda”,  la justa duró dramáticas tres horas y cuarenta minutos, aproximadamente, donde el heroísmo y sacrificio de los marinos chilenos hizo gala, dejando una profunda huella en el pueblo chileno que sería elemento catalizador y generador de una fuerza incomparable para soportar los sacrificios que demandaba una conflagración  armada como la que se veía enfrentado Chile y dio la fuerza espiritual necesaria para coronar las aras de la patria con la victoria final, el espíritu  del heroísmo de Prat, Condell y sus compañeros en Iquique y Punta Gruesa perdura hasta hoy en todas las ciudades y pueblos de Chile, el combate entre el “Huáscar” y la “Esmeralda” es recio; su capitán don Arturo Prat Chacón muere en la cubierta del buque peruano al intentar el abordaje. Después de tres e