¿Hubo un Dios Creador para los andinos?. Juan van Kessel, una autoridad en temas aymaras chilenos, cree que no hubo un Creador andino. En “La Cosmovisión Aymara” (Ed. Hisbol, 1992), ofrece una elaborada comparación entre el concepto de divinidad cristiana y el de los aymaras. 
 
En la Biblia (Gen.1) se establece que(26) “Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que mande a los peces del mar y a las aves del cielo, a las bestias, a las fieras salvajes y a los reptiles que se arrastran por el suelo”. Luego(27), “Y creó Dios al hombre a su imagen”. A ellos les dijo(29): “Llenen la tierra y sométanla...”. De aquí nace la idiosincrasias y ética cósmica del europeo pues, usando las palabras de van Kessel, “el mito cosmogónico es el resumen de la cosmovisión que inspira a una cultura”. Por eso es que el occidental, creado a la imagen de Dios, se cree propietario del mundo y lo utiliza o explota como le conviene pues tiene permiso para someter a las demás especies animales y lo hace aún con las vegetales, sobre las cuales Dios no le otorgó poderes. 
 
El aymara, en cambio, es una manifestación más de la energía cósmica concentrada en la Pachamama y a su muerte será “reciclado”. La Pachamama es la divinidad principal que siempre existió, tal como el Dios de la Biblia pero sin su connotación críptica. En otras palabras, nadie la crea, sino de ella nacen los hombres, las otras especies y todo lo que ve el aymara aparte de los cuerpos celestes. Todo eso tiene la misma madre y en consecuencia son hermanos. El aymara no tiene poder sobre el planeta, por lo que debe respetar y querer a sus hermanos no humanos o animados y de hecho mantiene muy buenas relaciones con ellos, los personifica, les habla y les agradece su utilidad y pide “licencia” para utilizarlos. 
 
Eso es porque la Pachamama es la Madre de todas las cosas y las ama aún cuando sean “malos”. Los pisthacos quechuas y lik’isiris y k’arisiris aymaras que roban el “unto” a los solitarios en la sierra (nota) y otros demonios como los supay que atentan contra la gente y sus fuentes de sustento, son también hijos suyos y los ama así como una madre humana puede amar a su hijo delincuente. Por madre que sea, la Pachamama es capaz de castigar severamente una mala conducta, pero lo hace en vida pues no existe el infierno y el ocio que supone la vida celestial de los elegidos no es concebible en el Mundo Andino. Hay que trabajar constantemente, siempre en un ámbito místico de respeto y obsequios a las identidades inmateriales, pues la Pachamama exige que se le cuide y que se la embellezca. Ella se hace respetar y no es insensible a los obsequios y adulaciones. 
 
Hay lugares en el ámbito quechua donde el caravanero debe explorar con un palo la superficie del terreno antes de evacuar sus residuos, a fin de no hacerlo en una de las “bocas” de la Pachamama. Además esta puede “agarrar” a un viajero, haciéndole que se canse y que no pueda llegar a un tambo (refugio o lugar de descanso) y quedar sin agua o expuesto a los ladrones de “unto”; o bien puede “golpearlo” (crearle un accidente), con funestas consecuencias. 
 
Gabriela Mistral, poetisa chilena laureada con un Premio Nobel, escribe en 1941 en un texto dedicado a Benjamín Subercaseaux a propósito de su libro “Chile o Una Loca Geografía”, lo siguiente: “Me gusta la idolatría de la tierra que está en todos los folklores, y no sólo es que la entiendo, sino que la vivo a plena anchura. La tierra fue siempre el Gran Idolo, como que ella es la bandeja en que se asientan todas las demás adoraciones humanas”. Muy generalizada podrá estar esta idolatría en los pueblos originales de otras partes, pero en nuestro Mundo circuntitikaka adquiere, como Pachamama, una connotación muy especial. 
 
¿Cómo esperar que los conquistadores y sus frailes comprendieran esta ética de armonía y respeto con el ambiente, cuando su Dios es tan diferente?. El de ellos, van Kessel lo define con un “Deus Faber”, un ente que hace cosas y animales pero se mantiene fuera de su ámbito y “se le opone como el trabajador a su obra”. No procrea en el contexto casi biológico de la Pachamama, sino que “confecciona (a modo de artesano),... produce (a modo del campesino), [u] ordena y organiza (a modo del empresario) al mundo, a los animales y al hombre mismo”. 
 
Por eso es que el “civilizado”, como hijo de Dios y “hecho” a su semejanza, es también un “Homo Faber”, el cual nos está creando una crisis ecológica producto de la absoluta falta de respeto por la Pachamama. Por cierto que lo expuesto es una generalización y como tal tiene honrosas excepciones. Ya en el siglo XVII, el jesuita Bernabé Cobo, muy interesado en la biología y la botánica, criticaba la tala indiscriminada de bosques de cedros por parte de los españoles y el desprecio de éstos hacia el respeto de los indígenas por el equilibrio ecológico. Pero nadie le hizo caso... 
 
No es mi intención criticar una u otra creencia religiosa, sino resaltar cuán peculiar fue el Mundo Andino y cuán brutal fue su encuentro con los paradigmas “civilizados”. Soñando despierto, pienso cuán enriquecedora habría sido la interacción de ambas creencias si el “Homo Faber” hubiera controlado su vocación de depredador. Esto me lleva a una duda inquietante: ¿Cuánto queda de la ética aymara genuina más allá de las palabras que se lleva el viento y las gestiones litúrgicas cuyo significado no todos ellos comprenden?. Una vez fui a comprar incienso y copal para agradecer con mis amigos a la Pachamama y a los Mallkus (espíritus tutelares de un espacio determinado) lo mucho que me han “contado” y mostrado: me gané imprecaciones y mal trato de parte de una mujer aymara por hacer “esas cosas que van contra Dios”. Para los pentecosteses, a mi juicio tan respetables como cualquier creyente de cualquier religión —mientras no se comporten como fundamentalistas— y quienes han penetrado profundamente en algunas comunidades indígenas, si no se está 100% con el dios de ellos y la litúrgica consecuente, se vive en pecado. Eso tiene un nombre: etnocidio. ¿No habrá en su credo lugar para un poco de tolerancia?. 
 
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