Cuando yo era niño, me hacían marchar al son del Himno de Yungay y me hacían creer que debía estar orgulloso por la valentía con que Chile se defendía del enemigo agresor. 
 
Hoy creo que tal guerra no tuvo en esencia más que fines egoístas, como evitar que dos naciones hermanas se unieran como era natural y lógico que lo hicieran, sólo para que Chile y Argentina no perdieran ciertos intereses y algunos caudillos peruanos pudieran retomar el poder. Nuestro enfático y autoritario Ministro de Estado, don Diego Portales, creía que la independencia de Bolivia era necesaria para el equilibrio político y económico de esta parte de América y escribió lo siguiente a Blanco Encalada cuando a éste se le entregó el mando de la primera expedición contra la Confederación: “La posición de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno... No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma la existencia de dos pueblos que... por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo. Unidos estos dos Estados... serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias”. ¿Quién fue el verdadero enemigo agresor?. 
 
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