Notas acerca de la coca. Un patético ejemplo del doble estándar de la conversión al cristianismo es el trato dado a la coca. Aunque no tenga mucho que ver con el tema de este capítulo, necesito un espacio para referirme in poco más a la coca (taxonómicamente Erythroxilium coca, pero “quqa laphi akulli” en la profundidad del mundo aymara, donde “quqa” significa árbol y “laphi”, hoja). Los caucásicos contemporáneos, atorados con su inestabilidad social que lleva al abuso de drogas, la hacen aparecer como un engendro del demonio, aunque sea regalo de los dioses para los andinos (foto). 
 
Utilizada por los andinos desde hace 5.000 años o más, hasta el gobierno de Wayna Qhapac los incas monopolizaron su producción y la reservaron para ceremonias rituales y para el consumo de los correos (chaskis) y la elite religiosa y gobernante, pero cuando apareció Pizarro el uso de la coca ya no era exclusivo de los privilegiados. Como dice el Juez-escritor peruano Enrique López Albújar en Cuentos Andinos (1920): “la coca es la hostia del campo. No hay día en que el indio no comulgue con ella” y “es virtud, no es vicio, como no es vicio la copa de vino que diariamente consume el sacerdote en la misa”. 
 
Por lo demás, para los indios de López Albújar, ¿cómo tomar decisiones sin la coca?. Probar la coca para predecir lo que sucederá se denomina “catipa”: positivo si sabe dulce, catástrofe si es amarga. ¿Cómo atreverse a viajar por el formidable río Marañón en una primitiva balsa sin el augurio de una “catipa”?. Ni siquiera una velita a la Virgen tendría mayor utilidad... 
 
Resumiendo un tema inacabable, diré que me consta que la hoja de coca (mas allá de su uso ceremonial, en el cual ocupa un lugar privilegiado precisamente por sus bondades) no constituye mayor problema y sólo conozco versiones poco fidedignas de abuso de consumo por parte de las ñustas incas y de la supuesta adición de un kuraka horrible a quien quiso casar Wayna Qhapac con una de sus hermanas que no se quiso acostar con él (según versión de un cronista español, de por sí poco creible). Por lo demás, aporta importantes nutrientes, como consta en un estudio de la Universidad de Harvard de los EEUU (Duke, Oulik y Plowman), resumido así por el médico psiquiatra de La Paz (Bolivia), el Dr. Agustín Guzmán: "La ingesta de 100 gramos de hoja de coca boliviana equivale a la dosis diaria recomendada de calcio, hierro, fósforo, vitamina A, B2 y E". Ninguna fruta contiene más vitamina A que la hoja de coca. 
 
La mojigatería occidental impide aceptar que el clorhidrato de cocaína, invento occidental, no creó muchos problemas, pero estos sí éstos aparecen cuando se populariza el uso de la pasta base y el “crack” y la vía de ingreso pulmonar y/o intravenosa. Pareciera que, en términos generales, la adicción depende, entre muchos otros factores personales y sociales, de la velocidad y magnitud de los niveles sistémicos de la droga tras una exposición. Eso podría explicar porqué el uso de la hoja, masticada con llujt’a (ceniza de vegetales) o su versión más moderna, bicarbonato de sodio, no tiene poder adictivo. En más de 30 años que llevo en Arica he conocido a muchos adictos a la pasta base, pero ninguno a las hojas de coca, las que aún hoy se pueden comprar sin recurrir a los sórdidos ámbitos del hampa, donde no se ha incorporado como mercancía. Que Pachakamaq me ampare por expresar tales herejías... 
 
Para conseguir ese perdón divino y el de mis compatriotas no andinos, reproduzco algunas frases escritas por el cronista español Pedro Cieza de León en 1550. Antes, permítaseme insistir que es la maldad de los “civilizados” la que confiere connotaciones negativas a los derivados químicos o al uso convencional de la quqa laphi akulli. Puesto que ésta quita el hambre y permite trabajar más y mejor, su uso en el Mundo Andino, poco frecuente fuera de los ámbitos ceremoniales, fue masificado durante la Colonia por los crueles explotadores de indígenas que trabajaban en faenas mineras. 
 
Dice don Pedro, traducido al castellano contemporáneo: “Por todas las partes de las Indias que yo he andado he notado que los indios naturales muestran gran deleitación...en traer coca en la boca, desde la mañana hasta que se van a dormir... la cual no comen y no hacen más que traerla entre los dientes... Dicen que sienten poco la hambre y que se hayan en gran vigor y fuerzas.” 
 
Es penoso que las llagas del modernismo, en Chile, Estados Unidos y otros países “civilizados”, estén presionando por quitarle a nuestros compatriotas originarios lo que los dioses les entregaron como regalo y que eso se deba a que nuestro tambaleante equilibrio social no es capaz de servirse del regalo sin intoxicarse. ¿Porqué privar a los dueños de esta tierra de lo que los dioses les han dado si somos nosotros los que no podemos controlar su consumo de manera razonable?. 
 
Antes de los españoles, en Arica pudo haberse cultivado coca cerca de Socoroma, en Ausipar (valle de Azapa) y/o Chamarcusiña, cerca del paradero del camino a la Virgen de las Peñas y tal vez en Cachicoca, un poco aguas abajo de Ofragía, en el valle de Codpa. Cuando se le entregó la encomienda de Arica a Martínez Vegazo en 1540, se hacía mención explícita de caciques con “estancias de coca”. 
 
Las hojas de la coca, siendo inocuas y beneficiosas para los andinos, eran demasiado importantes y veneradas por lo que, como parte de la estrategia de eliminación de lo autóctono para facilitar la conversión, la Iglesia prohibió su uso inicialmente. En 1551 el Obispo de Cuzco la declaró producto del Diablo y la prohibió bajo pena de ser quemado vivo. 
 
Pero no tardaron los conquistadores en darse cuenta que esto perjudicó fuertemente el rendimiento de los indígenas en las plantaciones y minas y en 1569 el Rey Felipe II estableció que la coca no era demoníaca. Los jesuitas, inicialmente decididos enemigos de la coca, cambiaron radicalmente su posición e indicaron, sorpresivamente para cualquier persona de principios, que la coca se utilizaría para colaborar con el trabajo divino. La misma Iglesia Católica se dedicó a cultivar coca, en forma monopólica en algunas partes y cobrándole a los indígenas por su uso. 
 
Nadie discute que la hoja de coca es inocua si se consume en la forma tradicional, acto denominado akhulliña. Por cierto, el uso de los derivados químicos modernos es un problema mundial, pero entre los más conspicuos y entusiastas consumidores del “vino Mariani”, un Bordeaux con una importante y abiertamente propalada concentración de cocaína que tuvo gran éxito a fines del siglo XIX (foto), se contaba el Papa León XIII, quien incluso regaló una medalla de oro con su venerable imagen a Angelo Mariani, calificándolo como “benefactor de la humanidad” por haber inventado el vino y venderlo con descuentos al clero y a los orfelinatos (foto). Otras personalidades bebían con entusiasmo el vino que luego inspiraría a la Coca Cola (la que inicialmente contenía unos 8,5mg de cocaína por vaso, potenciada por la cafeína a un efecto comparable al de una “línea” de clorhidrato) fueron el Papa Pío X, la Reina Victoria, el Rey Jorge, el Gran Rabino de Francia, el Presidente McKinley de los EEUU, Julio Verne, Alejandro Dumas, R.L. Stevenson y un largo etcétera. 
 
El resto del triste uso que los “civilizados” le han dado al principal regalo de los dioses de los andinos es bien conocido, pero el equilibrio vuelve con la Princesa Ana y otro Papa, Juan Pablo II, quienes no hace mucho consumieron públicamente hoja de coca en forma de tizana. 
 
En Chile a uno lo podrían encarcelar por portar en el bolsillo la bolsita que dejó el Papa o las hojas ceremoniales que se le han ofrendado a Ricardo Lagos, siendo Presidente de la República. No sé cuántas conspicuas autoridades del Estado chileno han sido “cómplices” del porte y tenencia de hojas de coca al participar en ceremonias andinas que involucran la phawa o pawa y no denunciar el “ilícito”. 
 
No me cansaré de repetir que los “civilizados” son los malos. ¿Se ha visto alguna vez a un campesino akulliri (aquellos que llevan un “pikchu” de coca en la boca y/o chacchan en forma habitual) enviciado como buena parte de nuestra gente joven y una inmensidad de norteamericanos y europeos?. 
 
Vaya mundo éste. Hacía pocos años que había muerto el conservador Papa León XIII —cuya botella de vino Mariani nunca estuvo vacía y a quien nunca ningún clérigo trató de quemar vivo— y ya los curitas chilenos le estaban diciendo a nuestra gente que la akhulliña de ellos sí que era “veneno”. 
 
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