Arica en medio de los eventos político-militares de los países recién nacidos
Antes de relatar algunas anécdotas interesantes que involucran a nuestra Patria Chica ariqueña, es necesario describir el esquema histórico básico de los eventos político-militares de esta parte de América.
Pese a que don Francisco Antonio de Zela y Arizaga inició la primera gesta en pos de la independencia peruana en Tacna en 1811, ésta fue proclamada en Lima por José de San Martín en 1821 y sólo tuvo efectos prácticos en Lima y la costa nortina. Las tropas reales se hicieron fuertes en la sierra y en el Alto Perú y continuaron controlando al resto del país, incluyendo Tacna y Arica, hasta la batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de 1824 y la noticia de la independencia sólo llegó a estas latitudes cerca de Navidad. Recién entonces comienza la peruanidad ariqueña propiamente tal.
Recordando a nuestros próceres
Recordemos que el estoico, orgulloso y generoso teniente coronel del ejército español, don José de San Martín, se puso al servicio del movimiento independentista de su tierra natal, Argentina, en 1812 y en 1816 se declaraba allí la independencia. Para consolidarla, San Martín estaba convencido que debía apoderarse de la riqueza minera del Alto Perú (actual Bolivia) y que la guerra no terminaría hasta quitarle Lima a los españoles. Como lo primero se había demostrado imposible, decidió ayudar a la consolidación de la independencia chilena para poder atacar a Lima por vía marítima. Así es que cruzó Los Andes en 1817, derrotó a los españoles en Chacabuco, entregó el poder político a su amigo Bernardo O’Higgins y en agosto de 1820 partió con su Escuadra Libertadora a Lima.
Entre tanto, el culto, brillante, egocéntrico, tuberculoso y enamoradizo Simón Bolívar ya había liberado a Venezuela y Colombia y acababa de hacer lo mismo con Ecuador, cuando se gestó la famosa reunión con San Martín, quien, habiendo ya tomado posesión de Lima, necesitaba su ayuda para erradicar a los realistas del interior. Esa reunión, realizada en Guayaquil en julio de 1822 y cuyos detalles no pueden más que suponerse pues ambos no simpatizaban y finalmente no hubo acuerdo, selló de facto el destino de nuestra América y creo que afectó a Arica más allá de lo que podría imaginarse, pues si Bolivia iba a prosperar necesitaría un puerto más adecuado que la increíble elección que ulteriormente recayó sobre Cobija, pese al deseo expreso de los ariqueños de ser integrados a la naciente República. Tras aquella reunión, San Martín, mucho más militar que político, se hace a un lado y vuelve a Argentina para pronto dejarlo todo e irse a Europa. Bolívar, gran político, asume el mando supremo del Perú, derrota a los españoles en Junín y su lugarteniente, Antonio José de Sucre, hace lo mismo en Ayacucho gracias al “gringo” Miller y se consolida la independencia peruana y se inicia la boliviana. Aunque no estaba muy contento con la creación del nuevo país, Bolívar redacta él mismo la Constitución de Bolivia y al año siguiente, en 1826, se vuelve a Colombia. Sucre pasa a ser el primer Presidente de Bolivia y Santa Cruz queda al mando en Perú.
Pese a que Chile declaró su independencia antes, en 1810, ésta no trascendió en la práctica. La libertad nos llegó algo después desde Argentina. Cuando San Martín independizó a ese país, tenía muy claro que había que echar a los españoles del continente para que sus esfuerzos perduraran. Eso requería conseguir la independencia de Chile y desde allí neutralizar su control militar sobre nuestros mares.
Eso se podía hacer de dos maneras: el enfrentamiento formal, frontal, valiente y caballeresco, estilo “héroe” nacional que mata por obligación patriótica y que relatan los textos de historia con los cuales se atiborra de nacionalismo a nuestros jóvenes, o una táctica más inteligente, menos costosa en vidas, menos elegante pero más propia de la mentalidad occidental y que involucra ambición, crueldad y disposición a matar por dinero, la cual se prefiere ocultar a nuestra juventud. En este caso, la última está representada por el concepto del “corso”.
Corsarios, piratas y filibusteros
El corso fue una genial idea de los ingleses que se remonta a fines del siglo XIII. Permite que, habiendo una guerra, particulares puedan armar barcos para asaltar embarcaciones civiles del país enemigo, tomar prisioneros y apoderarse de sus riquezas, parte de las cuales debían compartirse con el estado que otorgaba la “patente”. Esto era casi lo único que los diferenciaba de los vulgares piratas, los cuales actuaban como querían, contra quienes les convenía y no eran necesariamente leales a un gobierno. En una posición intermedia estaban los filibusteros o bucaneros, quienes formaban una cofradía desprovista de control gubernamental (“Hermandad de la Costa”) y limitaban sus actos de piratería sólo a los navíos españoles.
Poco supimos de piratas y filibusteros en Arica. Con algo de tolerancia, pues España e Inglaterra estaban en muy malos términos pero no en guerra, podríamos decir que cuando
Francis Drake atraviesa el Estrecho de Magallanes en 1579, se inicia la actividad corsaria en las costas chilenas. Luego visitarán Arica otros corsarios ingleses (
Cavendish y
Hawkins), seguidos por los
holandeses y luego los
filibusteros y piratas.
El establecimiento del corso por parte de Argentina y Chile fue vital para conseguir nuestra independencia. Nada mejor que una flota indefinible de esos delincuentes “patriotas” para debilitar la economía del enemigo, por entonces basada en el transporte marítimo.
Gracias a los corsarios, los barcos españoles debían dispersarse por diversas rutas, mientras que nuestras flotas regulares estaban libres para concentrarse y atacar con fuerza el lugar elegido.
La más célebre patente de corso concedida por Chile se materializó en 1817. Tres aventureros porteños con experiencia marítima no guerrera, MacKay (ex-oficial de un barco ballenero escocés), James y un ex-guardiamarina de apellido Budge, reunieron un reducido presupuesto para armar a una modesta nave de 20 toneladas que bautizaron Fortuna y con la debida patente y 25 marineros chilenos, ingleses y norteamericanos zarparon de Valparaíso rumbo al norte. Un temporal había dispersado a un convoy procedente de Cádiz, escoltado por el temible barco de guerra español, la Esmeralda, y en Arica había fondeado la fragata Minerva, de gran tonelaje, numerosos cañones, una abundante tripulación y cargada con grandes riquezas. Unas dos semanas después de su zarpe, los corsarios chilenos abordan por sorpresa y capturan a la fragata española. Al escapar, abandonan a la Fortuna y siguen hacia el norte. A la altura de Pisco capturan al bergantín Santa María de Jesús y antes de fin de año recalaban en Valparaíso con la nave capturada y su valioso cargamento, festejados por las campanas del puerto y un recibimiento de héroes.
El corso tuvo una tremenda utilidad para la independencia de nuestros países, además de proyecciones que afectan la imagen de nuestros héroes marinos de la época, pues la repartición de las presas se aplicaba también a la marina regular, por lo que nuestro primer Vicealmirante,
Lord Thomas Cochrane fue el último corsario que navegó nuestros mares.
Declarada la Independencia de Chile en 1810, la Junta de Gobierno estimula el comercio internacional a través de sus puertos, ya intensamente utilizados por contrabandistas ingleses, franceses, holandeses y norteamericanos, pero sin implementar una fuerza naval que impidiera que los realistas utilizaran nuestros mares para las gestiones destinadas a retomar el territorio. El virreinato, más hábil que los inexpertos patriotas, decretó el corso, enrolando a muchos de los contrabandistas. Este error criollo costó carísimo: los realistas bloquearon Valparaíso, llevaron tropas a Valdivia y Chiloé y se tomaron Concepción y Chillán. Más tropas transportadas por mar desde Perú y España, les permitió reconquistar Chile tras la derrota de O’Higgins en Rancagua.
Cuando San Martín nos libera, ya era demasiado obvio que había que conseguir poderío marítimo, tanto para proteger a Chile como para atacar a los españoles en Lima. Recién entonces decretan el corso que habría servido para enrolar a los contrabandistas que atrajo el virrey y tal vez se hubiera salvado a la Patria Vieja. Allí entra a jugar un rol importante la aventura de la Fortuna, pues su buen negocio hizo que se multiplicaron los corsarios chilenos, hasta que obligaron a los realistas a concentrar todo el tráfico en el fuertemente protegido puerto de Callao.
Precisamente al capturar el Santa María, la expedición de MacKay decide volver a Valparaíso pues se entera que en el Callao se preparaba una escuadra para reconquistar Chile por segunda vez. Esta hace escala en Arica el 14 de diciembre de 1817, donde se embarcan tropas en nueve mercantes escoltados por la famosa fragata Esmeralda, el mejor barco de guerra que los españoles tenían en el Pacífico. Zarpan de Arica rumbo a Talcahuano, habiendo incorporado 1.300 reclutas arequipeños y ariqueños que serían derrotados en la Batalla de Maipú.
La primera Escuadra Chilena
Cochrane llega contratado por Chile en noviembre de 1818, con su familia y algunos ex-oficiales navales británicos. En enero de 1819, a bordo del primer buque insignia —la fragata O’Higgins de 50 cañones— y otros tres barcos, parte con intenciones de atacar Callao, pero no lo consigue a causa de la niebla. Sigue entonces hacia el norte, apoderándose de Huacho y Huara en marzo y Supe en abril, donde interceptó importantes sumas de dinero destinadas al barco norteamericano Macedonian, el cual traficaba a favor de los realistas. Luego despoja de un rico cargamento al bergantín francés Gazelle en Huarmey (a unos 300km al norte de Lima) y sus tropas saquean al puerto de Paita.
Vuelve a Valparaíso y en septiembre zarpa para un segundo ataque a Callao, en el que utilizaría un armamento novedoso (cohetes) que no funcionó. Tras una frustrada expedición al norte, decide volver a Chile para tomarse el poderoso puerto de Valdivia, lo que consigue en febrero de 1820. A fines de ese año, ya formando parte de la Expedición Libertadora y cuando aún no se había conquistado Callao, Cochrane demuestra su temple y audacia capturando en una gestión “de película” a la famosa fragata Esmeralda, la joya de los españoles. Durante la noche y en botes con remos cubiertos de tela para disminuir el ruido, Cochrane y el capitán Guise —otro inglés— al mando de un centenar de hombres, asaltaron el barco, redujeron a la tripulación, soltaron amarras y lo sacaron de Callao. Esa fue tal vez la gestión más espectacular de Cochrane y uno de los elementos que iniciaron la decadencia del Virreinato a partir de 1821.
El resto de la Independencia del Perú puede leerse en los libros convencionales de historia.
Arica en la expedición libertadora del Perú
Las páginas precedentes no tienen mucho que ver con Arica en forma directa, pero son necesarias para comprender lo que en nuestra área geográfica, llámese Chile, Perú o Bolivia, sucedió durante los interminables conflictos bélicos del siglo XIX. Volvamos a concentrar nuestra atención en Arica.
Habiendo Cochrane liberado a Valdivia y teniendo tropas en Huacho, el 20 de agosto de 1820 parten de Valparaíso “esas cuatro tablas” de las cuales dependía el futuro de nuestros países. Eran apenas 8 barcos y 16 transportes, al mando de Cochrane, por supuesto. El objetivo era Callao, pero eso tomó su tiempo. En el intertanto, Cochrane decide una expedición al sur y en marzo de 1821 tuvo la mala idea de tomarse Pisco. Aquí hay que introducir a otro personaje inglés fascinante, también amante de la guerra y que teóricamente no tendría nada que hacer en nuestras latitudes:
William Miller. En Pisco, un elevado porcentaje del contingente se enfermó gravemente de malaria y casi muere Miller.
A principios de mayo, el contingente que no tuvo que ser evacuado a Huacho por enfermedad, llega a Arica y baja a tierra el comandante Miguel Soler a exigir la rendición de los realistas, la que es rechazada. A la noche siguiente, Miller y algunos hombres intentan desembarcar en Caleta Quiani (donde hoy están las pesqueras) pero se equivocan, llegan a los acantilados de más al sur y casi se ahogan. Finalmente Cochrane manda a Miller a desembarcar en el Morro de Sama con unos 40 hombres, los que son luego muy bien recibidos en Tacna, la patriota. Pero esa gestión resulta inútil pues el grueso de las tropas logra al fin desembarcar en Caleta Quiani en la madrugada del 13 de mayo, al mando del comandante Soler, tomando por sorpresa a las tropas realistas, unos 300 hombres que huyen, se reagrupan en Azapa y son pronto derrotados.
Arica queda desamparada y las tropas chilenas la saquean incontrolablemente, generando entre los ariqueños realistas aún más odio contra los revolucionarios y obligándolos a huir a Humagata,
Belén,
Socoroma, etc., dejando una ciudad destruida y abandonada. Tal como había ocurrido en Paita, esto enfurece a Cochrane, pero sirve para mostrar que nuestros soldados, sean de la nacionalidad y época que sean, suelen comportarse como salvajes con los civiles de los lugares conquistados.
Mirave es un pueblito del valle de Locumba, a unos 70km de la costa y similar distancia al nordeste desde Tacna. El derecho a llevar este título se lo ganaron unos 500 guerreros chilenos y voluntarios tacneños durante las guerras por la independencia del Perú.
Las tropas que se habían tomado Arica se reúnen con Miller en Tacna, con sus fuerzas engrosadas por militares realistas que se cambiaron de uniforme. Pero el Virreinato no tardó en reaccionar, enviando unos 1.000 hombres en tres grupos provenientes de Arequipa, Puno y La Paz. Antes que se juntaran, 420 infantes, 70 soldados de caballería y 120 voluntarios tacneños al mando de Miller, vencen al destacamento de Arequipa en Mirave, justo cuando vienen llegando las fuerzas de La Paz y Puno, las que se retiran ante las maniobras de Miller, para ser derrotadas un poco más al norte, en Moquegua. Esa campaña acuñó el término de los “Bravos de Mirave”.
Las tropas chilenas, engrosadas con realistas y entusiastas patriotas tacneños, debieron devolverse a Arica para embarcarse apresuradamente porque bajaban del altiplano 1.000 soldados realistas. No habiendo barcos suficientes, la influencia de Miller sobre la tripulación de un barco norteamericano cuyo capitán se negaba a aceptar servir de transporte, consiguió que éste se desembarcara y dejara el barco a disposición de los insurgentes. Los Bravos de Mirave zarparon sólo minutos antes que llegaran a Arica las fuerzas realistas.
Aunque San Martín ya ocupaba Lima desde julio de 1821, había debilidad en el equipo gubernamental patriota y no se había controlado aún todo el territorio.
En octubre de 1822 Arica tenía una población de unas 2.500 almas. Se hace un nuevo intento por liberarla del dominio realista, con una patética escuadra que ya no contaba con el eficiente mando de Cochrane pues había sido expulsado por San Martín. Un barco casi se hunde, otros dos colisionan, escasea el agua potable, demoran 2 meses en llegar a Arica y no son barridos del planeta sólo porque las fuerzas realistas habían descuidado la costa. El desembarco de los 3.500 hombres fue un ejemplo de cómo no se debe desembarcar a un contingente. Pese a que William Miller estaba presente, el inoperante mando militar a cargo de un argentino actuó con tal lentitud, que las fuerzas realistas de la vecindad se duplicaron. Una vez desembarcados, los patriotas impusieron un gran sacrificio a la población ariqueña para alimentar a una tropa tan numerosa que no hizo nada por casi un mes y finalmente fueron vergonzosamente derrotados cerca de Moquegua y sólo volvió a Lima poco más del 20% del contingente.
Ocho meses después, en junio de 1823, se hace un nuevo intento por conquistar a Arica, pero esta vez vienen al mando personajes más conocidos, aunque no demostraron ser más eficientes: el General Andrés de Santa Cruz y el Coronel Agustín Gamarra, quienes con el tiempo serían grandes enemigos. Tiendo a echarle toda la culpa a Santa Cruz, porque me parece un personaje fatuo, demasiado ambicioso e intrigante. No me importa su condición de mestizo, pero la pomposidad que imponía a sus acciones sugiere mediocridad.
Pues esa vez la ocupación de Arica no presentó problemas. Un valiente pero ineficiente intento de resistencia lo protagonizó un grupo de civiles liderados por Julio Butrón de Chaca y Antonio Pérez de Belén, fácilmente aplastados por un escuadrón de caballería. Tras eso, decide desembarcar con gran pompa, fanfarria y otros adjetivos peyorativos el lampiño Santa Cruz, vestido como animador de circo y acompañado de 120 soldados que parecían payasos vestidos al estilo de la guardia de Napoleón.
En lo concreto, mis presunciones derivadas del estilo del personaje se confirman: una dudosa victoria sobre los realistas en el altiplano, la deliberada exclusión de Sucre —a quien dejó que esperara en Arequipa y luego en Puno la autorización para entrar en acción que nunca envió— para quedarse con el mérito del triunfo que esperaba conseguir, y tras la derrota final, una vergonzosa huida por Ilo y Arica de poco más de la sexta parte que quedó de los 4.500 efectivos de la expedición.
Al embarcarse en Arica con los patéticos restos de su contingente, volvió a exhibir a su siútica guardia, lo que no hubiera hecho un hombre eficiente aunque hubiera triunfado.
Un año y medio después, el 9 de diciembre de 1924, Sucre y Miller derrotan definitivamente al Virreinato en la batalla de Ayacucho y la noticia oficial de la independencia del Perú llega a Arica a principios de 1825.