Período Tardío
Un resumen coherente de lo que fue el imperio incaico está fuera de los alcances de este libro, el cual pretende enfatizar lo relativo a Arica y lo que es difícil de encontrar en bibliotecas y librerías. Sin embargo, la importancia de los incas como la más depurada manifestación de la versión despótica de la organización social andina es tal, que por lo menos le dedicaremos un breve espacio para tratar de explicar su origen y los remanentes de su
dominio sobre Arica. Dejaremos a los autores de trascendencia internacional explicar hasta dónde llegaron y cómo lo hicieron. Ellos suelen concentrar su atención en los eventos que se inician con el período de Pachakutiq. Nosotros priorizaremos lo que sucedió antes, más que nada porque la información es tan escasa y poco confiable que suele describirse sólo el mito que ideó Pachakutiq para los intereses del Estado y los suyos propios.
Enfrentar este tema requiere temerarias presunciones, por cuanto no hay registros escritos y hubo dos instancias en que el mito se modificó brusca y tal vez trascendentalmente. La primera fue durante el gobierno de Pachakutiq, IX jerarca, quien parece haber reorganizado la mitología, ordenado rehacer los tablones con pinturas que relataban la historia y reordenado toda la conceptualización de la identidad incaica para adaptarla al rol imperial expansivo que comenzaba a tener y de paso tal vez, para quedar él como el gran héroe incaico. La otra instancia fue la tristemente expandida tendencia de los cronistas españoles por homologar las creencias religiosas andinas a una jerarquización propia de los católicos, la cual ellos creían que debía establecerse aunque fuere a través de la flagrante tergiversación de la información disponible, además de que la información que conseguían provenía de la elite incaica, obviamente sospechosa de tergiversar la historia para favorecer a su “panaka” o linaje. Ocuparíamos mucho espacio para fundamentar mi desconfianza en el legado de los cronistas, pero en pocas palabras se puede desenmascarar a
Betanzos por su afán por favorecer el linaje de su esposa indígena, Angelina; a
Sarmiento por su intento por hacer aparecer a los jefes incas y aymaras como usurpadores abusivos de una tierra que no les pertenecía; a Cabello Valboa y a
Murúa como meros repetidores de un texto perdido de
Cristóbal de Molina; al jesuita
Bernabé Cobo como un tardío investigador que dispone de información prejuiciada o con sesgos religiosos; a los indígenas o mestizos
Guamán Poma de Ayala,
Garcilazo de la Vega y Juan de Santa Cruz Pachacuti (el interés de cuya obra se limita a la transcripción de poemas y cantares épicos incaicos) que trataron de mostrarnos una versión idealizada de los incas, diseñada para complacer a los europeos. Otros cronistas,
Cieza de León,
Polo de Ondegardo y Hernando de Santillán (escribió "
Relación del Origen, Descendencia, Política y Gobierno de los Incas" en 1563, expresando su indignación por los abusos de los encomenderos, lo que le costó el exilio), aportan información de limitados alcances en cuanto a la descripción de eventos históricos.
Trataremos entonces de exponer el tema siguiendo lo postulado por Waldemar Espinoza, lo cual no está exento de críticas. Estaríamos entonces suponiendo que el
Tiwanaku termina con una invasión guerrera de los aymaras, lo que no más que una proposición muy discutida.
Como era la costumbre en el Mundo Andino, la base social, familiar y política de los ayllus y asentamientos urbanos mayores estaba dividida en una fracción alta (araj en aymara, janan en quechua) y otra baja (manqha y urin respectivamente), desde donde se iniciaban los linajes de poder (panakas). Escapando de la destrucción del Tiwanaku (por entonces llamado Taypikala), un grupo de elite pukina de la fracción urin, encargada de los cultos religiosos, logró huir al lago Titikaka con algunos ayllus de ambas fracciones, mientras los jerarcas de los panakas janan, encargados de las gestiones bélicas, fueron eliminados. Se refugiaron en la actual Isla del Sol, ya por entonces considerada tierra sagrada por los tiwanacotas. Años después, el Reino aymara Lupaca inició avances de conquista hacia esa zona y los pukina huyeron hacia Puno, en el actual lado peruano del lago. Dirigidos por Apo Tambo, el jerarca religioso urin, a falta de un jefe janan, a fines del siglo XII iniciaron un lento peregrinaje al norte, formando en el camino el origen de la identidad incaica.
Se detuvieron por muchos años en Tambotoco (o Parictambu, hoy en la provincia de Paruro), donde parece haber nacido el hijo de Apo Tambo, Manco Qhapac, el mítico iniciador de la etnia incaica. El lugar se empezó a hacer estrecho y se prepararon para seguir al norte. Un grupillo de tres ayllus se escindió de la comunidad y terminó en el actual Ollantaytambo, mientras que Manco Qhapac se dirigió, con 5 ayllus de cada fracción y tras varias interrupciones, al Cuzco, distante sólo 50km, en una aventura que le tomaría 20 años. Para que no se confundan quienes lean otras versiones del mito, Manco Qhapac es el mismo personaje que Ayar Manco.
Aunque siendo de panaka urin, Manco debió asumir la jerarquía militar a falta de un líder janan. En el transcurso de la peregrinación con ribetes de conquista, esposó a la mítica Mama Ocllo y años después, ya más al norte y cuando su primer hijo (Rocha, ya mayor llamado Sinchi Rocha) hubo pasado por la ceremonia iniciática del primer corte de pelo, esposó (parece) a Mama Huaco, una mujer decidida y de espíritu guerrero.
Y así, guerreando y conquistando, llegó al Cuzco, ocupado por minúsculos reinos, algunos de los cuales derrotó con la ayuda de su feroz esposa Mama Huaco (huallas) y con otros estableció alianzas (matrimonio de su hijo Sinchi Rocha con la hija de un jefe local). Siguen luchas con otras etnias vecinas (ayaruchos, sahuesaras, poques, etc.) y la eterna rivalidad con un reino más poderoso, el de los ayarmarcas.
A su muerte, su hijo Sinchi Rocha, soberbio combatiente, no consiguió doblegar a los ayarmarcas y hasta perdió los dos incisivos superiores de un golpe que le propinó el rey enemigo. Le siguen su hijo Lloqui Yupanki y su nieto Maita Qhapac, protagonistas de escaramuzas que no llegaron a ninguna parte, hasta que su tatara-sobrino Qhapac Yupanki asumió el poder tras un golpe de estado. Aquí empieza el episodio que marcaría el paso de las primitivas escaramuzas de los incas con sus vecinos hacia la organizada expansión imperial. Llegan los vecinos quechuas a pedir ayuda contra la amenaza chanka, un organizado reino mucho más poderoso que el minúsculo señorío incaico. Los ayarmarcas tratan de ponerse en la buena con los incas casando a Qhapac Yupanki con la hija de su jerarca, pero otra de sus esposas, Cusi Chimbo, celosa, lo envenena y crea una crisis de proporciones.
Con esto no sólo termina el gobierno de los urin, sino que crea una gran crisis política. Los janan, que carecían de líderes consagrados, se toman las dependencias de los urin, mientras los chanka invaden a los quechuas.
Cusi Chimbo parece haber sido instigada por Roca, de panaka janan y quien llega a ser nominado jerarca (y lo primero que hace es casarse con Cusi). Así, el poder político y guerrero vuelve a la parcialidad janan a la que pertenecía en el Tiwanaku y los urin vuelven al sacerdocio como cuando sus ancestros vivían en las riberas del Titikaka. Tal vez sea en este evento donde deba establecerse el real inicio del rol de Sapa Inca.
Los ayarmarcas siguieron haciéndole difícil la vida a los incas. El inca siguiente, Yahuar Huacac, muere con su heredero en un ataque de los cuntis al Cuzco, demostrando cuán frágil era aún el reino en comparación con sus vecinos. Le sucede un hijo “inventado” para que nadie reclamara, pero de la fracción janan por cierto, quien luego adoptaría el nombre de Viracocha. Viracocha, su controvertido hijo Pachakutiq y su nieto Tupaq Yupanki (el Alejandro Magno andino) y el hijo de éste, Wayna Qhapac, consolidarían el imperio incaico hasta que en 1526 apareció la viruela que esparció el segundo desembarco de Pizarro en el Perú, cobró la vida de Wayna Qhapac y generó la lucha entre Huascar y Atahualpa, ya con los españoles insertos en su territorio.
El resto de la trama figura en forma poco atractiva en los textos escolares de historia, por lo que no describiremos detalles del Período Tardío. Resta aclarar que si yo tuviera que elegir al más formidable hombre que ha producido el continente americano en toda su extensión geográfica e histórica, incluyendo tiempos modernos, nominaría a Tupaq Yupanki.
Aclararemos que, con o sin méritos, Pachakutiq consiguió trascender en la forma que sugiere su nombre, transformando profundamente el mito incaico. Si su padre Viracocha fue un viejo decrépito cegado por un irracional apego a su supuestamente cobarde, licencioso e inútil hijo Urco y si acaso sólo el cinematográfico coraje de Pachakutiq salvó al pequeño reino incaico de la terrible amenaza chanka, es materia de discusión y en la cual me pongo en el lado de los eclécticos pues las “maravillas” protagonizadas por los “héroes” de leyenda suelen tener una decepcionante y hasta doméstica explicación, aquí, en Europa, entre los fundamentalistas y en todas partes.
Betanzos le otorga a Pachakutiq tal virtuosismo ético, que su historia llega a parecerse a un cuento de hadas (¿Angelina mediante?).
Sarmiento es menos enfático, pero no contó con fuentes fidedignas y él mismo no está libre de sospechosas modificaciones de la evidencia.
Lo cierto es que, éticamente virtuoso, fanfarrón o lo que sea, Pachakutiq termina recreando la historia de los jerarcas que lo precedieron, eliminando así no más y para siempre la gestión y posición genealógica de dos de ellos, redefiniendo el plan urbano del Cuzco y marcando el inicio de la expansión imperial incaica, aunque sigamos teniendo dudas en cuanto a que si fue él quien gestó algunas de las hazañas que ciertamente tuvieron lugar...