A unos 5km al norte de
Ticnamar si se sigue el camino vehicular actual, se llega a este pequeño poblado, con una docena de casas y hoy con muy pocos habitantes pero muchos residentes de Arica que todos los 29 de agosto celebran allí la fiesta de la Virgen Santa Rosa de Lima, la patrona del lugar. Lo que más llama la atención del lugar es un iglesia de construcción relativamente reciente, aparentemente sobredimensionada para el número de residentes estables (
foto). Pero en épocas prehispánicas fue un lugar de importancia a juzgar por el pukara vecino.
La iglesia tiene su historia. Hace unos 100 años se destruyó la iglesia antigua y la estatuilla de Santa Rosa y la de la Virgen Inmaculada se guardaron entonces en Ticnamar hasta que la pequeña comunidad de Saxamar pudo levantar una iglesia nueva en 1986 y luego, con gran pompa, trasladaron a las vírgenes a su pueblo en una larga procesión, gestión que llena de orgullo a quienes nacieron o vivieron allí. Como ocurre en otros poblados de la sierra con otros santos patrones, la devoción a Santa Rosa demuestra la fuerza del culto al ícono por encima del Dios cristiano y de su hijo, una clara expresión del resultado sincrético de la catequización, el que aún sigue privilegiando al mallku local (espíritu tutelar, ver
achachilas), hoy en la identidad del santo patrón de cada pueblo. Durante las fiestas, sólo el curita intenta referirse a Dios y en la iglesia de Saxamar hay un crucifijo en un rincón al cual no se le presta mucha atención.
El año 2004 fui invitado a participar en la fiesta, una barroca sucesión de presentaciones de la banda musical, saludos danzantes a la virgen (
foto), ceremonias religiosas en la que se alternan rituales ancestrales: ”phawa” de hojas de coca seguida de una porción de “licor fino” —término que se refiere a licores dulces como el cointreau— (
foto) y degustación de kalaphurk’a,
foto) con los de la Iglesia Católica actual (
foto), harto modificados para que calcen con las expectativas de tan peculiares fieles, y una procesión de las estatuillas de las vírgenes matizada por sermones del cura y estallidos de petardos en las “estaciones”, las que en Saxamar son las esquinas del templo (
foto).
Instalé mi carpa bajo unos inmensos eucaliptos y durante las festividades disfruté de la amabilidad de los organizadores, tratando de mantenerme al margen de los ríos de cerveza que fluían interminablemente (aunque disfruté de un par de porciones de "caliente", preparación de té —leche evaporada y/o cacao o chocolate en otras partes— saborizada con canela y naranja a la que, cuando no está demasiado caliente a fin de que no se evapore el alcohol, se le agregará cocoroco —alcohol de 96º— que llega en latas desde Bolivia.) y tomé muchas fotos.
Es curioso que el peculiar fenómeno de las fiestas patronales, incluyendo a las
Cruces de Mayo, haya recibido tan poca atención. Sería interesante que sociólogos y/o antropólogos ahondaran en el tema: hay allí mucho hilo que enrollar y todo lo que he visto me confirma la creencia en una dualidad de culto que involucra sin mayor inquietud aún a los descendientes "occidentalizados" de la sierra y que han hecho una vida "normal" en la ciudad desde niños. Sólo he encontrado un poquito de esto en las publicaciones de Juan van Kessel, quien propone que los andinos incorporaron la "
liturgia cristiana más que su esencia doctrinaria". Lo interesante es que esto se mantiene hasta nuestros días y con bastante inversión en tiempo y dinero lo gestionan personajes bien asentados en el ámbito del ethos chilensis.
Pukara de Saxamar
La primera vez que visité este pukara, a unos 45 minutos de camino aguas abajo desde el poblado de Saxamar (Lat.18°33'S, Long.69°30'O), llovía en la cordillera y de cuando en cuando se escuchaban fuertes truenos, a ratos me caían gruesos goterones y el cielo se alumbraba con relámpagos. Siguiendo la pampa al sur del río a unos 3.000m de altura, el camino, lleno de piedrecillas y de esas pelotitas espinudas de cactus, es casi plano y en partes queda el trazado de un ancho camino preincaico que comunica al pukara con Lupica —donde hay ruinas de un poblado prehispánico— incluyendo una
marka de una altura poco menor que la de un adulto (
foto).
Solo, fascinado por el entorno, mis pensamientos divagan entre el imaginarme a los indígenas que transitaron por el lugar hace más de 600 años y mi conocimiento del peligro de las tormentas eléctricas. Podría decirse que no pasa un año sin que un rayo mate o queme gravemente a un pastor de nuestra cordillera. En el Mundo Andino antiguo, los que sobrevivían a este ataque del dios Illapa, eran considerados “puros” pues habían muerto pero los dioses le habían permitido seguir viviendo. Eran pues buenos candidatos para ser yatiri en el ámbito aymara y “pongo” del Apu Urqu (señor cerro) en el quechua. El yatiri (“el que sabe”) es quien se comunica con lo no humano, ejecuta la liturgia de las ceremonias como la “mesa” y la
wilancha, sabe leer lo que auguran las hojas de coca y suele actuar como médico para diagnosticar y espantar el mal a través de “mesas” y oraciones y hasta como adivino, como para localizar ganado robado (
nota). El pongo quechua es el que se comunica con el poderoso ente que es el cerro que controla el lugar (Apu Urqu en quechua, Mallku en aymara) y quien le entrega, en forma muy privada, el pagapu (ofrenda) de coca, alimentos y bebidas que frecuentemente le ofrecen los humanos. En forma más general, pongo designa en el Perú rural a un sirviente o peón. Probablemente en la situación descrita en el texto, el personaje es el sirviente-guardián del espíritu del cerro.
Pero no me cabía duda que a mí Illapa me mataría si decidía atacarme, por lo que me mantuve pendiente de los signos premonitores de su enojo: un rayo cuyo ruido llega demasiado rápido, el cabello electrizado o hasta una sensación de cosquilleo en el cuerpo. Del Internet había aprendido que en un terreno abierto y plano como éste hay que alejarse de los árboles y promontorios rocosos, separarse unos 5 metros de los acompañantes y encuclillarse apoyado sólo sobre la punta de los pies, con los talones contactándose y ambas manos tapando los oídos (trate de mantenerse así por más de un minuto y verá cuán inescapable es la furia de Illapa). Por suerte esa vez el dios no me consideró presa válida...
Aparecen algunas grutas pircadas (paskanas) y luego se empiezan a ver los detalles de un cerro cónico de poca altura y en su base se adivinan restos de andenerías y canalillos que hoy no tienen agua. Contorneándolo por el norte se llega al pukara (poblado con estructuras defensivas), el más grande de la región, emplazado en una especie de gran triángulo cuya base es el fin de la pampa que acababa de atravesar, su lado septentrional es el río y el meridional el vallecillo que forma el río Ticnamar y que lleva a Estrella, un pequeño caserío vecino. El cerro está coronado por estructuras pircadas circulares o elípticas (
fotos) y hay muros defensivos a media altura (
foto). Su ladera oeste lleva a un pequeño promontorio rocoso y más allá termina el triángulo en la convergencia de las dos quebradas, sector donde están los corrales. Frente al promontorio rocoso hay un sector de
colcas (depósitos de almacenamiento de alimentos) redondas, delimitadas por pircas (
foto) y extendiéndose hacia la ladera oeste del cerro y hasta su cima, centenares de recintos habitacionales con colcas pequeñas (
foto), delimitados por pircas de doble hilada y ubicadas desordenadamente pero de tal manera que suelen delimitar angostos pasajes (
foto). Al sur del promontorio están las tumbas, formadas por una excavación estrecha de paredes estabilizadas por piedras planas, las que cerca de la superficie forman una especie de bóveda que deja una apertura más estrecha en el centro, todas desocupadas en la actualidad (
foto).
Casi al atardecer, en la cima del cerro, veo hacia la punta del triángulo a una pareja de burros oscuros que juntan tiernamente sus cabezas. ¿Son descendientes de o los sobrevivientes de los
burros salvajes que cazaba la gente de Ticnamar? (
foto). Poco a poco, esa plancha cremosa que parecía moverse quebrada abajo desde el oeste toma forma de un inmenso rebaño de corderos, magistralmente dirigido por una docena de quiltros asombrosamente hábiles, formando un conjunto que seguramente se devuelve a Estrella.
No hay prisa por volver a la polvorienta ciudad. Tal vez Illapa me dejó pasar para que pudiera relatar la belleza del lugar...
Como Huaihuarani y
Laco Alto, todos de un tamaño que haría pensar en una larga historia, la evidencia ceramológica sugiere que Saxamar tuvo una corta vida a partir del año 1400, posiblemente producto de la influencia altiplánica de fines del
Período Intermedio Tardío y comienzos del Tardío de los incas.