El fenómeno de los yanacona implica la más grande revolución social del imperio incaico, aunque no alcanzó a dar frutos y raramente se comenta.
El Sapa Inka Tupaq Yupanki juntó en Yanayacu a 6.000 gestores y cómplices que conspiraron en su contra, poniéndose al servicio de uno de sus hermanos. Los descastó a ellos y a su descendencia quitándole todos sus derechos, borrándolos de los censos y dejándolos en situación de esclavos. Aunque se crea así un nuevo estrato social, se cumple el concepto del “acondicionamiento uterino” de esa sociedad (de tal útero vienes, tal estrato te corresponde hasta la tumba). Pero he allí que con el tiempo surge un fenómeno inusitado, con la potencialidad de cambiar toda la estructura social del imperio, curiosamente similar a lo que pasó con los mercaderes itinerantes al final de la Confederación Azteca: los yanaconas empiezan a ser sirvientes de la clase real, ocupación de inmenso prestigio y que le permite a algunos pocos ganarse la confianza de su dueño y llegar a ser designados para ocupar altos puestos administrativos, incluyendo el de gobernador provincial.
Nótese que el concepto de yanacona resultó cómodo para alojar también a lo peor que fue generando el Mundo Andino a medida que la civilización lo saqueaba: aquellos individuos que se salieron o quedaron fuera del locus social tan preciso antes de los españoles, centrado en el ayllu o estructura social elemental de gran potencia y confiabilidad. No pertenecer a un ayllu, sin ser noble o mujer elegida, era peor que ser mendigo. Estos descastados se vendían por dinero o comida a cualquier amo y constituyeron, pese a representar lo más bajo, abyecto y deleznable de la escala social, una desorganizada pero creciente quinta columna contra el orden indígena.
Pese a lo anterior, esta institución permitió que, por primera vez, el imperio se abriera a la posibilidad del ascenso socio-laboral en virtud del talento, rompiendo el acondicionamiento uterino. Esto, que se llama Libertad, es una cruel epidemia que quien sabe qué hubiera causado si los creyentes españoles no hubieran destruido el Imperio.