A menos de 100km de Arica, subiendo por el valle de Lluta y la carretera a La Paz, viven dos personajes absolutamente atípicos, don Alexis Troncoso Lizama (
foto) y doña Andrea Chellew. Ambos nacieron en Chile y han vivido en diversos países europeos, pero les molesta el concepto de nacionalidad que existe en nuestras Américas. Alexis tiene estudios de teatro y clara vocación para crear escenografía (decoró el Restaurante Maracuyá) y doña Andrea estuvo a punto de recibirse de médico, pero decidieron establecerse allí donde no había nadie y fundaron el pueblo de Mallku (Lat.18º24'48"S 69º39'54"O) en 5 hectáreas de terreno seco y rocoso que consiguieron a título de colonos. El pueblo cuenta con la vivienda de ellos y de sus hijos y una pequeña posada anexa donde ofrecen merienda ligera, la cual es en esencia un conjunto sumamente original de escenografías (
foto).
El sector de Copaquilla está en una extensión de terreno plano entre
Zapahuira por el este y la subida de la Cuesta del Aguila y la Quebrada de Cardones por el oeste. Poco más al este de Mallku está ese gran pukara del siglo XII (
Período Intermedio Tardío) que todos los turistas conocen pues está a un lado del camino internacional a Bolivia. El emplazamiento de la fortaleza es impresionante (
foto), dominando una estrecha quebrada por donde corre un poco de agua que forma luego un pequeño valle cultivable, habitado por una decena de familias de agricultores y pastores. A un costado del valle y frente a Mallku por el sur, estaba la planta de procesamiento de oro de la penúltima explotación de Choquelimpie, proceso que implicaba trabajar con cianuro. No habiéndose implementado las medidas de seguridad apropiadas, allí quedó tal cantidad de sales cianuros y arsénico, que una inesperada lluvia puede arrastrar todo ese veneno y contaminar para siempre a las plantas y animales ese hermoso valle.
Pictografías de la Pampa del Muerto
Esa pampa, que aparece en una foto satelital como un terreno plano y desprovisto de interés, me ha causado fuertes impresiones. Recorrer los restos de la planta de Choquelimpie es una de ellas y me enfurece ver la basura industrial y el material de distintos colores, tan sospechoso de contaminación química que apenas respiro al cruzar la zona. Hacia el sudeste, ésta termina en la profunda quebrada del río Seco, desde donde hay una vista impresionante de la cordillera y de la inmensidad del fenómeno geológico de las quebradas precordilleranas (ver
geología).
Copaquilla era un lugar de tránsito importante para las caravanas que iban hacia Livilcar, un pequeño poblado de agricultores aislados en la parte alta del valle de Azapa, más arriba del santuario de la Virgen de Las Peñas. A media hora de camino desde Mallku hacia el sur, dos hermosas
apachetas confirman la importancia del lugar. Así como la apacheta de los altos de Vila Vila está rodeada por montoncitos de piedras que los caravaneros levantaban para pedir por una favorable transacción de su mercadería, las de Copaquilla tienen unas curiosas estructuras como si muchos niños hubieran estado jugando a hacer casitas con trozos relativamente grandes de piedras planas (
foto). Gracias a las gestiones de Andrea y Alexis no destruyeron las apachetas cuando una empresa particular hizo (quiero creer que extraoficialmente) una primitiva huella vehicular hacia los altos de Livilcar.
Muy cerca de las apachetas hay algunos aleros rocosos que habrían tenido o tienen restos de antiguas pictografías, pero más hacia el sur hay un laberinto de quebradillas donde me habían dicho que había una veintena de cuevas y aleros con hermosas pinturas rupestres, pero no conocía su ubicación exacta. La única información que había conseguido en revistas especializadas era de magnitud telegráfica: en una primera etapa, cazadores especializados elaboraron dibujos de sus presas en rojo, ocre y negro. Una etapa ulterior tiene un estilo más tosco en rojo (óxido férrico) y privilegia la gestión humana, pudiendo corresponder a la aparición de los primeros caravaneros.
Decidido a conocer a fondo esas maravillas, un día pasé a saludar a los de Mallku y al atardecer llevé mi vehículo más allá de la planta de Choquelimpie y de las apachetas y pernocté al borde de la primera quebradilla. Suelo viajar solo, para disfrutar del silencio y completo aislamiento que otorgan magia a las primeras horas de la noche en la cordillera. Mirando una impresionante exposición de estrellas, traté de imaginarme a los cazadores de auquénidos que hace 7.000 años iniciaron la costumbre de dibujar animales y escenas de su vida en las murallas rocosas.
Aunque el arte rupestre es difícil de fechar y habitualmente implica largas extensiones de tiempo y traspasa las etapas de desarrollo cultural, en términos generales podría decirse que las pictografías aparecen en el
Período Arcaico, son propias de los cazadores y aparecen antes que la agricultura, que los petroglifos aparecen al iniciarse el Período
Intermedio Temprano y son propios de una sociedad agropecuaria sedentaria y de antiguos caravaneros, y que los geoglifos son de la época de la Cultura Arica (
Período Intermedio Tardío). Por cierto que no hay límites bien definidos y por ejemplo, el Cerro Sagrado de Azapa es incaico (
foto). Las pinturas se encuentran principalmente en la parte alta de los valles y algunas cerca de los salares altiplánicos y en la desembocadura de los valles, los petroglifos en la parte media de los valles y los geoglifos cerca de la costa (
foto). En todo caso, es obvio que, en general, representan muy diferentes estilos de vida y conceptualización cósmica. Conozco sólo unos pocos petroglifos pintados y aún menos pinturas en el vecindario de petroglifos.
Antes del amanecer inicié mi búsqueda, la cual terminaría en una larga e inolvidable caminata. Desde que inicié el descenso a la quebradilla, cuyo fondo de piedra pulida debe haber llevado mucha agua en dirección contraria a lo habitual, hacia la cordillera, empecé a ver decenas de aleros que me hacían subir a media altura una y otra ladera para no encontrar más que excrementos de vizcachas, hasta que llegué al borde donde el antiguo curso de agua caía bruscamente al río Seco que proviene de Copaquilla. En el fondo de una profunda quebrada, éste sigue hacia el sur y cerca de la central hidroeléctrica de
Chapiquiña se junta con las aguas que ha venido recolectando el río Ticnamar y así nace el San José del valle de Azapa. Siguiendo el borde del profundo cañón y pisando un suelo duro sembrado de tantas piedras que es como si fueran los restos de un cerro que explotó, encontré algunos corrales, pircas y rincones con paneles apropiados, pero nada de pictografías. Fascinado por el paisaje, continué hasta que llegué a pararme en la cornisa de la esquina que marca el extremo sudeste de la Pampa del Muerto, desde donde las murallas cortadas a pique hacia el fondo permiten una vista impresionante del nacimiento del río San José y del estrecho cajón que marca el nacimiento del valle de Azapa. Resignado a no encontrar las pictografías, me dejé llevar por la violenta magnitud del espectáculo geológico, y continué caminando por el borde sur de la pampa, tropezando con las piedras y con la vista dedicada al valle, varios cientos de metros más abajo (
foto).
Habían transcurrido unas cuatro horas y mi esfuerzo estaba ampliamente compensado, así es que viré al norte, alejándome de los cañones, para volver a mi vehículo atravesando la pampa y siempre pateando piedras. Tras un largo trayecto, apareció una quebradilla similar a la primera y única que había recorrido y por allá lejos un alero que volvió a despertar mi interés por las pictografías. El GPS me indicaba que estaba bastante al oeste de donde había partido y después pude comprobar que ésta era la más meridional de un enredo de quebradillas que confluyen en dirección a la quebrada del río Seco. Me demoré en llegar al alero y por única vez me alegré de ver esos poco agraciados números contemporáneos que usan para identificar obras de arte milenarias: un círculo blanco encerrando un 12 me llevó a mi primer encuentro con las pictografías de la Pampa del Muerto. Bajando, la 13 es casi una cueva, la 14 muestra con claridad los dos estilos ya mencionados, la 15 está pircada como para usarse como paskana y tiene figuras en rojo y ocre. En viajes ulteriores conocí otros aleros, pero ese día me contenté con esos cuatro. Imágenes de auquénidos en movimiento, algunas de ellas hermosamente estilizadas, un trío de humanos que están como mirándolo a uno desde la roca, un sendero delimitado por puntos por donde transita un humano precediendo a un auquénido, un hombre correteando animales, etc. (
fotos).
Lo bueno es que cuesta mucho encontrar el lugar y está lejos del deterioro propio del irrespetuoso turismo que se hace en Chile. Lo malo es que el público no sabe cuántas maravillas culturales enriquecen a nuestra Patria Chica y mucho menos podrían obtener información acerca de ellas, porque en Arica el conocimiento de los remanentes de su pasado prehispánico no sale de ciertos círculos.
Al atardecer, medio perdido entre las quebradillas, el GPS me llevó de vuelta a mi vehículo. Había pasado más de 12 horas entre piedras, cañones, quebradillas y obras de arte, acarreando agua y aparatos fotográficos y no tuve tiempo de sentir hambre. Ya no me acuerdo lo que pudieron haber sentido mis pies, pero lo que sentí al estar parado en la esquina donde nace Azapa y el mensaje que recibí de los pretéritos artistas, marcó en forma indeleble una fuerte vivencia que consolida mi admiración por este rico territorio que es mi Patria ariqueña. De vuelta a la dimensión caucásica de nuestra existencia, me regalé una cordial merienda con los de Mallku, antes de volver a mi casa tan saturado de experiencias que hasta ahora no había podido describir.
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