Belén y su vecindario prehispánico
Tras varias visitas al corredor que separa la Sierra Huaylillas de la Cordillera de los Andes, se fue gestando un proyecto de aventura: explorar las ruinas vecinas a Belén, motivado por la imperiosa necesidad de "estar ahí", salir del presente y pasearse un rato por el pasado, imaginando que a las pircas de piedra le han crecido techos y que los recintos y estructuras están llenas de la gente antigua, los "gentiles".
El llamado del pasado se siente con fuerza irresistible en Belén, el único pueblo serrano que fundaron los españoles, pero lo hicieron en la vecindad inmediata de un complejo de unidades urbanas indígenas integradas entre sí en una de las formas más avanzadas que he podido observar en nuestra sierra. Tal vez sea la hermosa cordillera del lugar lo que gatilla el deseo de saber más. Es como si las rocas precámbricas de las montañas al este de Belén, las más antiguas del Chile actual, con unos 1.900 millones de años de existencia, invitaran a explorar la ínfima porción del pasado en la que el ser humano es protagonista.
Pukaras de Ancopachani y Chajpa y cerro Ancocollo
A poco andar río abajo desde Belén, se llega a Ancopachani (de “janq’u” = “blanco”, “pacha” = “lugar o espacio” y la terminación “ni” = “lugar de”, o sea, “lugar de tierras blancas”) (
foto), un centenar de pircas que forman recintos habitacionales generalmente redondos, esparcidos en una terraza fluvial extensa, rodeada de andenerías y vecina a sectores rectangulares de sembradío. Un muro de factura reciente —incaica o posterior— formado por 2 hiladas de piedras grandes separadas por un relleno de piedras más chicas y barro lo separa de Chajpa, poblado de la dominación incaica formado por áreas de cultivo en la terraza fluvial y 11 estructuras circulares y rectangulares bien definidas (
foto) —con elementos defensivos— en la cima de una colina baja que hacia el norte mira hacia la quebrada de Laguane, lugar encantado lleno de misterios. Al pie de la ladera norte de Chajpa llega el Camino Inca que proviene de una mayor y más compleja unidad urbana de más al oeste,
Huaihuarani-Incahullo, tras haber abandonado una variante que sigue una ladera de la quebrada de Laguane hacia destinos que algún día exploraremos.
Pero entre Belén y Ancopachani-Chajpa hay un cerro que parece que no ha recibido atención en la literatura. En una cueva ubicada en su base, hacia el oeste, vive Abraham, empleado fiscal retirado que nació en una cueva y que decidió pasar el resto de su vida en otra. Cuando uno explora este cerro, Ancocollo (”cerro blanco”, blanco de “janq’u” y cerro de “qullu”), partiendo de Belén, le llama la atención que algunas de las pircas que conforman las andenerías adquieren claras características defensivas en lugares claves (
foto) y más aún, en la cresta de la pendiente occidental hay un claro muro divisor, características que sugiere la conformación de un pukara.
Una grata sorpresa nos aguarda en la base occidental del cerro: un paisaje maravilloso que domina con la vista el valle que desciende a Ancopachani y a Chajpa, flanqueado por el río y las andenerías abandonadas del sur y las magníficas andenerías del norte (
foto) desde donde baja una vertiente que riega las plantas de menta más aromáticas que conozco y poco mas atrás una pequeña pero ordenada y limpia huerta de manzanos que, según los lugareños, produce manzanas gigantes y jugosas (
foto). En la misma ladera del cerro hay varios aleros rocosos, el mayor de los cuales adquiere casi categoría de cueva y allí vive Abraham, quien hoy duerme profundamente pues anoche hubo un largo velorio en Belén.
Un día, con mi hijo adolescente Felipe exploramos la misteriosa Quebrada de Laguane y terminamos con las zapatillas desgarradas, llenos de espinas y magullones pero enriquecidos por más preguntas que respuestas. Las espinas provienen de unos cactus que se extienden horizontalmente en forma de pelotitas del tamaño de una nuez, con largas espinas, llamadas “perros” porque como que saltan y muerden los gemelos de la pantorrilla: las espinas se pegan al calzado y al caminar “saltan” y se pegan a la pierna y hay que saber cómo sacarlas.
Nos habían dicho que había una cueva, tan grande que llegaba hasta Lima hasta que los lugareños, que la utilizan para proteger a sus animales cuando llueve demasiado, la tapiaron a unos 20 metros de la entrada. Antes de encontrarla, oculta en una quebradilla secundaria, llegamos hasta la cima de una colina más al norte donde —entre otros recintos pircados difíciles de interpretar— encontramos en Lat. 18º27'40"S, Long. 69º32'08"O algo que merecería una consulta a los expertos: una pirca curva que cubre un arco de unos 30º, de unos 70-80cm de alto, de factura moderna pues la constituyen dos hiladas de piedras grandes con una capa intermedia de piedras más chicas, bastante elaborada pues las superficies son planas y las piedras calzan muy bien a ambos lados. Esta estructura protege a una pequeña cámara ovoide labrada en la roca de la cima de la colina, de unos 120x50x50cm (
foto).
La factura de la pirca sugiere que es de data incaica o posterior. No hay recintos habitacionales vecinos. Tampoco hay en Arica dónde conseguir mayor información y precisamente por eso nos hemos detenido en esta estructura entre muchas otras que nunca comprenderé pues, aunque no se deba a una intencionalidad deliberada, el ariqueño no iniciado no tiene suficiente acceso al conocimiento acumulado por los investigadores de verdad.
Entonces, desprovistos de la asesoría estabilizadora de la opinión pericial, no cabe más alternativa que elucubrar una hipótesis sin bases consistentes. Veamos: pirca de factura fina y moderna sin utilidad práctica evidente (aparte de proteger una cavidad rocosa donde no cabe un humano vivo), alejada de cualquier recinto habitacional, en la cima de una colina, relativamente cerca de una gran roca plana con surcos sospechosos de factoría humana, a su vez vecina a una plataforma incomprensible estabilizada por piedras. No calza con ninguna utilización racional, pero...
Los antiguos ayllus veneraban a una wak'a o espíritu protector del territorio, que solía ser la momia del fundador del ayllu, la que era guardada en un lugar dedicado al culto de las fuerzas del más allá. ¿Es que el complejo descrito representa un lugar místico y la oquedad rocosa guardaba una momia u otra wak'a protegida por la pirca?. Es probable que haya una mejor interpretación, pero no hay ninguna manera de conseguir mayor información. En este dilema resumo mi opinión referente a la educación y desarrollo cultural chilensis. Y pensar que nuestro pasado ariqueño es tan rico...
Volviendo a la narración, finalmente encontramos la famosa cueva (Lat. 18º27'53"S, Long.69º32'07"O) (
foto), no vimos las pictografías cubiertas de hollín, constatamos un rectángulo de excavación arqueológica somera del piso y fotografiamos estructuras pircadas mal conservadas en la vecindad, posiblemente utilizadas como corrales pues eran circulares y estaban delimitadas por pircas primitivas de una hilada de piedras.
Resumen de la evolución cultural de Arica y su sierra
Belén tiene tanta riqueza histórica prehispánica, que conviene ubicar cronológicamente lo que veremos recorriendo sus remanentes. Resumiendo al máximo lo que los expertos han establecido, los primeros hallazgos de ocupación humana de la región tienen unos 9.500 años de antigüedad, en el alero de Tojo-tojone, un poco al sur de Belén, lugar lleno de cuevas y aleros rocosos donde moran espíritus que han hecho desaparecer a toda una recua de mulas
con hombres y todo, pero donde yo suelo pasar la noche solo o acompañado sin más perturbación que el canto del “cuco” o el desafío de un guanaco macho. Se ha ocupado uno de los aleros para hacer una gruta a la Virgen (
foto), frente a la cual hay un corto trecho bien conservado del Camino Inca (
foto). Hacia el sur hay una sinuosa bajada que conduce a Lupica y hacia el este, caminos misteriosos
Unos pocos siglos después de los cazadores de Tojo-tojone, la gente del primitivo asentamiento transitorio de Acha ocupó la costa y 3.000 años más tarde se inicia el Complejo
Chinchorro. Ellos pasaron miles de años dedicados a la cacería, pesca y recolección de mariscos. Es lo que llaman el
Período Arcaico. Hará unos 3.000 años, centenas más o menos, el inicio del
Intermedio Temprano en los valles ariqueños marca el desarrollo de la actividad agrícola, generadora y no depredadora de recursos. Hace algo más de 1.600 años nos afectó fuertemente la influencia altiplánica, finalmente controlada por la estructura social circuntitikaka
Tiwanaku, la que nos aportó muchos avances técnicos y culturales hasta hace unos 1.000 años. Es el
Período Intermedio Medio.
Durante los siguientes 500 años los ariqueños quedamos dueños de nuestro destino, sin dominación foránea. Este período, llamado
Intermedio Tardío, termina con la dominación incaica del altiplano y el control que ellos ejercieron, vía jerarcas altiplánicos, sobre nuestros valles y costas. Este es el Período Tardío.
Durante el Período Intermedio Tardío se desarrolló en la costa ariqueña lo que se ha llamado
Cultura Arica, típica exponente del período de señoríos regionales que afectó a todo el noroeste sudamericano. Pero en la sierra, particularmente en la región de Belén, el Período Intermedio Tardío parece haber tenido peculiaridades culturales influenciadas por pero no necesariamente típicas de la Cultura Arica. La influencia multiétnica, con aportes de diversas organizaciones socioculturales altiplánicas, sugiere una zona de transición, complementación e interacción socio-económico-cultural entre la Cultura Arica y los Reinos Lacustres remanentes tras el desmembramiento del Tiwanaku, complementada por los primeros ariqueños serranos, definidos como
Charcollos.
El territorio vecino a Belén se caracteriza por una gran riqueza en materia de andenerías o terrazas de cultivo. Cuando aún no se usaban abonos, la tierra cultivable de las andenerías servía para una rotación de cultivos de distintas especies vegetales durante unos tres años (por ejemplo, papa, luego oca y después quinua), pero luego había que dejarla descansar unos 7 años. Por eso es que esta zona, de tanta importancia agrícola, urbana, administrativa e integradora de diferentes nichos ecológicos, muestra una increíble imaginación para multiplicar las áreas de cultivo. Andenerías “típicas” (largas, estrechas e irrigadas, en sus variedades pre y post-incaicas) y más primitivas aún (no irrigadas, de menos de 2m de largo) adornan
todas las laderas disponibles.
Al oeste de Belén por la quebrada homónima, Huaihuarani (Lat. 18º28'S, Long. 69º32'O) parece depender de una organización social con las complejidades socioculturales del Período Intermedio Tardío (preincaico) propio de las cabeceras de los valles, probablemente establecida cerca del año 1200 d.C, pero con un desarrollo más posterior, hacia 1400 más o menos. Ancopachani tiene un inicio más tardío. Sus respectivos vecinos, Incahullo y Chajpa, instalados en la inmediata vecindad de los anteriores, son incaicos. Según escribió Dauelsberg en 1983, Huaihuarani pudo haberse iniciado antes del
Desarrollo Regional, pero fue durante las postrimerías de este período que alcanzó su mayor desarrollo. Incahullo se instaló durante la dominación incaica suponemos que para controlar su producción agrícola, posiblemente
quinua y tubérculos. Por algún motivo Huaihuarani habría decaído mientras Ancopachani se expandía, probablemente a expensas de la población del primero, y estaba a su vez controlado por la autoridad del Tawantinsuyu en Chajpa. Tras el derrumbe del Imperio Inca, los jerarcas abandonan Incahullo y Chajpa. Ancopachani perdura hasta la ocupación hispana.
Cabe hacer presente que el Intermedio Tardío en la sierra guarda aún muchas interrogantes y controversias para los expertos, pero la interpretación del pionero Dauelsberg es una buena y simple hipótesis para que los no iniciados podamos tratar de comprender lo que vemos.
Ancopachani y Chajpa están tan cerca de Belén que se han “contaminado” con el aprovechamiento contemporáneo de la tierra. Pero, donde ambos colindan mediante un muro de piedras, nace un ramal del inkañam (Camino Inca) que nos lleva directamente y en un par de horas, a Huaihuarani-Incahullo. Recorrerlo es volver al pasado.
Es poco lo que se puede afirmar respecto a los ocupantes de Huaihuarani (”wayra” es viento arremolinado: “lugar de vientos arremolinados”). La evidencia sugiere que el lugar fue ocupado más o menos desde el año 1200 o más y hasta poco después del 1500. Hay poca cerámica típica de la Cultura Arica de los valles bajos. Predominan evidencias culturales de pueblos serranos altos (Charcollo) que de alguna manera interactuaron estrechamente con etnias altiplánicas. Pero el tema es bastante complejo. Según Alvaro Romero, es posible que primero se establecieron allí los
charcollos, en la ladera oeste de la quebrada, y pronto aparecieron los altiplánicos (aymaras) que instalaron viviendas más o menos transitorias en la ladera opuesta. Posteriormente, durante el Período Tardío (dominio inca), se construyeron las estructuras del pico y la plaza ceremonial. Típico ejemplo de la interacción étnica que caracteriza a Arica y a su sierra: ariqueños serranos interactuando con aymaras altiplánicos y ulteriormente influenciados por los incas. Allí sólo falta la presencia de los yungas ariqueños de la costa y los valles bajos (Cultura Arica), cuya cerámica sólo constituye el 1% de los trozos recolectables.
No puede analizarse a Huaihuarani como un lugar aislado: la arquitectura de inspiración incaica vecina, la
chullpa de Incahullo cuya puerta está curiosamente orientada hacia el poniente (
foto) y el excelente camino que une a ambos con el otro complejo multiétnico formado por Ancopachani-Chajpa, sugieren una complejidad socio-económico-cultural que tal vez no pueda ser bien explicada aún.
El acceso más cómodo a Huaihuarani no utiliza hoy el inkañam (Camino Inca), sino que la carretera de tierra que sigue más allá de Belén, en dirección sur. Al llegar al primer río que aparece (quebrada de Belén), mirando al oeste se ven unos grandes eucaliptos, luego unos farellones cortados a pique y más allá un pico rocoso: con binoculares se pueden ver las pircas de piedras que coronan el pico: es la parte más alta del pukara, posiblemente reservada para gestiones ceremoniales (
foto). Si pudiéramos volar o mirar desde arriba como lo hace Pachakamaq, veríamos una colina cónica un poco antes del pico, separados ambos por una estrecha quebrada que corre de norte a sur, perpendicular a la quebrada de Belén. La colina tiene una “plaza” más o menos circular, delimitada por piedras, que tal vez servía para actividades comunitarias y en cuya periferia se ubican estrechas fosas funerarias de paredes de piedra (
foto).
Entre la “plaza” y el pico, las laderas de la quebradilla están tapizadas por las plataformas circulares, delimitadas y estabilizadas por pircas de piedra, que forman la base sobre la cual se construían los centenares de recintos de Huaihuarani, la mayor parte delimitados por pircas simples, o de doble hilera de piedras los más recientes (
foto). Algunas de estas unidades son pequeñas, con menos de 2m
2 y posiblemente se utilizaron para guardar alimentos.
Al oeste del pico, un muro de piedras con una entrada estrecha marcaba el límite de lo habitable. Al norte de la “plaza” parte el inkañam a Ancopachani-Chajpa. Al sur de la plaza hay amplios “potreros” delimitados por pircas, hoy utilizados de vez en cuando para plantar, pero posiblemente construidos como corrales para el intenso tráfico de caravanas (
foto). Al sur del pico hay andenerías que llegan al río y más allá hay más espacios utilizables. En la base meridional del pico, hacia el lado de las andenerías, cuevas poco accesibles, una de las cuales guarda la Campana de Oro, la que se cuida de que los
huaqueros no la roben, pues dicen que tañe con tanta intensidad cuando uno se acerca, que se pierde la razón.
Siguiendo el acceso actual y artificial a Huaihuarani, se transita cerca de eucaliptos centenarios y de risueñas vertientes de agua y se pasa por la periferia de otro pukara más antiguo aún (Trigalpampa, anterior al o del inicio del Desarrollo Regional, poco interesante para los turistas), donde hay que enfrentar a un guanaco macho que relincha furioso porque invadimos su territorio.
Tras cruzar dos brazos del río, nos adentramos en Incahullo, al este de Huaihuarani. No hay que hacer un esfuerzo my grande para captar la sofisticación del lugar, de factura incaica pero con una majestuosa chullpa cuadrada de inspiración altiplánica, señal de que allí reinó un gran señor de las etnias circuntitikaka (
foto). A diferencia de Huaihuarani, algunas estructuras utilitarias tienen forma rectangular (lo preincaico es circular); una estructura circular muestra claras señales de haber sido una
colca (silo), con 12 hornacinas o nichos en las paredes interiores, de utilidad desconocida y dos ventanas de aireación (
foto); un enredo de pircas termina definiéndose como una estructura compleja tal vez utilizada para el arreo de las recuas de llamas a un patio de descarga, vecino a la colca y rodeado de habitáculos rectangulares posiblemente utilizados por los funcionarios imperiales encargados de la fiscalización del tráfico. Esto es una
kancha, diseño típicamente incaico consistente en un patio central rectangular delimitado por un muro cuya cara interior sirve de pared a recintos rectangulares menores, uno al lado del otro.
Algunas murallas de Incahullo están formadas por pircas pobremente talladas y elaboradas en la cara que se muestra, pero sin faena al interior del recinto. Sus esquinas se construyeron con bloques de piedra entrabadas, dándole mayor solidez y duración a las estructuras (
foto). Un vecino de Belén ha plantado habas y lechugas en un gran espacio cuadrangular que tal vez fue corral hace más de medio milenio...
Sin darnos cuenta, los más citadinos jadeando, llegamos a una estrecha garganta, salpicada de hermosos y pesados morteros de piedra para moler granos (y algunos provistos de un hueco adicional más pequeño para el ají), arrastrados por las aguas o abandonados en el “patio” de las estructuras habitables (
foto). De allí para arriba se abre con generosidad y esplendor el Huaihuarani que estoy tratando de describir. La primera vez llegué allí de madrugada, espantando con pena a las tarukas del lugar (huemules) y entonces me prometí regalarme un paseo por el Camino Inca.
No describiré por ahora todos los rincones hermosos, interesantes, curiosos, inesperados, misteriosos o inexplicables que he encontrado en unas cuantas visitas al lugar, pero quiero aprovechar de presentar un ejemplo de cuán rico y poco conocido es el patrimonio arqueológico de nuestra sierra. De la literatura y de mis visitas al lugar, sabía de las cistas funerarias en la periferia de la plaza ceremonial y de pequeños aleros pircados en la parte más abrupta de la ladera oeste de la quebradilla que se utilizaron como recintos funerarios. Pero en noviembre del 2003, llevé a Huaihuarani a una veintena de alumnas de Putre de todas las edades, quienes participaban con entusiasmo en una gestión de la Casa de la Cultura, financiada por una ONG y destinada a revelar a los locales la riqueza cultural de su entorno. Después de visitar el lugar y habiendo bajado al
talweg del río Belén para visitar las pinturas rupestres, alguien hizo notar la existencia de un recinto cuadrangular lleno de piedras en la ladera sur. Una minoría de las alumnas estaban muy cansadas tras seis horas de caminata y prefirieron volver a los vehículos, pero el resto prefirió subir la ladera para satisfacer su curiosidad. ¿Eureka!: encontramos un cementerio constituido por una veintena de cistas funerarias semi-abovedadas, más grandes que las de la plaza ceremonial y más ricas en cerámica ariqueña, casi ausente en el pukara. Con esto quiero expresar que lo que se ha investigado y escrito de éste y otros asentamientos prehispánicos es insuficiente y las conclusiones de los expertos son sólo proposiciones basadas en evidencias incompletas. Las alumnas encontraron un parámetro que no puede ignorarse si se quiere comprender lo que allí sucedió y obliga a redefinir las proposiciones “oficiales”. No es la primera vez que participo en una situación de este tipo: explorando las laderas de la quebrada de Oxa en
Ticnamar con los dirigentes de la Comunidad Indígena, encontramos cerca del poblado de Charcollo unas chullpas tan peculiares que nadie comprende ni ha descrito (
foto). En definitiva, necesitamos mucho más tiempo y esfuerzo para comprender cabalmente la aventura cultural andina, versión Arica.
Donde termina la quebradilla cuyas laderas sirven de asiento a Huaihuarani, sale hacia el este el camino, un espacio de unos 3-5 metros de ancho, claramente delimitado por pircas de piedras de unos 50cm de altura (
foto). El piso debió haber sido bien plano hace 500 años, pero ahora está lleno de accidentes causados por la erosión de las lluvias, derrumbes de las paredes y crecimiento de la maleza de la zona, cargantemente abundante de unas pelotitas de cactus espinudas que parecen saltar para clavarse en las pantorrillas y cuyas púas pueden atravesar limpiamente la suela de goma de una zapatilla (”perros”). Supongo que, como otros trozos del “Camino Inca” de nuestra sierra, su origen es preincaico. No cabe duda que Huaihuarani y Ancopachani tendrían que haber tenido una vía expedita de comunicación antes que llegaran los incas.
Partimos a las 11 AM, pasando al norte de la “plaza” del pukara y siguiendo la ladera de la colina, a media altura entre la quebrada Belén y la cima, con una estupenda vista de Incahullo. Quince minutos más tarde habíamos descendido al fondo de una quebradilla, el camino desapareció pero pronto reencontramos su trazado y las pircas en la subida opuesta. Ya no vemos a los pukaras, pero hacia el sur hay una impresionante vista de la ruta actual a Lupica,
Saxamar, Ticnamar, Timar, etc. La vista llega hasta Tojo-tojone, donde está la gruta de la Virgen, el alero utilizado por los cazadores de hace 9.500 años y nuestro “dormitorio” habitual para estos viajes.
Habrá que bajar y volver a subir otras dos quebradillas, buscar con paciencia el reinicio del inkañam en una empinada ladera de piedra, utilizando las cuatro extremidades como una cabra, hasta que a poco más de una hora de camino se llega a la cima de una colina desde la cual se ve el pico ceremonial de Huaihuarani al oeste y Belén hacia la cordillera. Aunque pudiéramos excluir la emoción de estar recorriendo un camino elaborado hace medio milenio o más y espantar las ánimas de los miles de indígenas que se sirvieron de él mucho antes de que Chile tuviera un nombre siquiera, el paisaje impresiona por su belleza, vastedad y la magnitud de los accidentes geológicos, los que liberan un intenso deseo de saber algo más de cómo se hizo el mundo, para no parecer tan poca cosa frente a la violenta grandeza de
nuestra cordillera.
Esa cima marca (creo yo) un punto intermedio, pues allí hay estructuras de piedra que sugieren corrales de paso —con pequeños anexos cuadrangulares que no comprendo— y por lo menos una plataforma pircada que debió haber servido de base para una habitación. El resto del camino, hasta el límite Chajpa-Ancopachani, es un largo descenso que lleva a un amplio corral circular y a un último ascenso el cual, tras pasar por el inicio de la quebrada de Laguane, transcurre por la base de la colina de Chajpa y lleva al laberinto de pircas circulares de la planicie de Ancopachani (
foto).
Tras poco menos de tres horas de viaje, nuestra joven compañía femenina, representantes de la nueva generación de mi familia, reposará bajo eucaliptos centenarios frente al Cementerio de Belén, mientras que con Felipe, mi hijo adolescente, volvemos atrás para explorar la quebrada de Laguane que ya describimos.
Llevo más de 30 años en Arica y ni siquiera he rasguñado la superficie de lo que queda por conocer...